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  #1  
Antiguo 15-11-2010, 19:41
 Avatar de arturo brito
Aprendiz de Lumis de Primaria
 
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Predeterminado Un disparo lejano

UN DISPARO LEJANO

- ¡Ayuda…! ¡Por favor…que alguien me ayude!


Abrió los ojos. Aquellas voces no pertenecían a su propio sueño. Eran reales y venían de alguna parte. Los oídos le zumbaban y un dolor de cabeza como jamás había sentido, como si le faltara un pedazo de cerebro, impedía que razonase con normalidad. Le costó incluso descubrir que era un hombre y estaba en medio de un paisaje nada familiar. A duras penas, su mente intentaba descubrirle qué cosa estaba haciendo allí, qué había pasado, cuál debía ser su siguiente paso.

-¡Por favor… necesito ayuda!

Ahora comprendió lo que querían decir aquellas palabras, ya no eran un simple rugido en la lejanía. Incluso pudo distinguir que procedían de una mujer. Comenzaba a entender el escenario, supo que algo había provocado una hecatombe y le había dejado inconsciente. Quizá fuera una bomba. Había cascotes del edificio por todos lados, una densa cortina de polvo se iba depositando sobre lo que quedaba de la edificación. Miró hacia arriba, la luz le deslumbraba los ojos, en el lugar que debió ocupar un techo apenas quedaban unos trozos de vigas y unos cuantos hierros huyendo desesperadamente del hormigón.

-¡Socorro…ayuda, por favor…no quiero morir así!

Se incorporó, notó que una de las piernas se enderezaba con dificultad sin dolor alguno. No acertaba a comprender si eso suponía o no una buena señal. Era demasiado pronto para dilucidar nada. Avanzó hacia el lugar desde el que provenían las voces, otra habitación. Al entrar vio en el suelo una muñeca de juguete a la que le faltaba un brazo, más allá una guerrera militar con un cinturón del que colgaba una pistola. De golpe supo que era un soldado y que estaba en medio de una guerra, creyó reconocer aquella prenda como suya, aunque, a causa del bloqueo que padecía, su memoria no lograba extraer nada de lo acontecido en los últimos días.

-¡Socorro…por favor…ayúdeme!

La voz ahora se estaba dirigiendo a él. Salía de un montículo de escombros, pero entre los cascotes podía entreverse un rostro lleno de polvo y sangre. Si no fuese por el tono de voz no hubiese adivinado que era una mujer.

-¿Qué ha pasado? –preguntó
-Una bomba…ha estallado una bomba…
-Espere…

Comenzó a retirar cascotes, ella lo observaba quejándose. Había tenido suerte, dos trozos de vigas de madera habían caído juntas librándola en gran parte del techo que luego vino detrás. Es más, sólo el peso de una de las vigas la había alcanzado en su pierna derecha. Cuando llegó hasta ella después de retirar los últimos escombros, descubrió que la mujer estaba desnuda de cintura hacia abajo. Como no podía mover la última viga, se fue por la guerrera y la dejó caer sobre sus caderas. En ese momento algo en ella casi lo paralizó: llevaba puesta una camisa militar.

-¿No puede quitarme esa cosa que tengo sobre la pierna? –imploró la mujer, ahora más tranquila, pero con la voz todavía contraída por el dolor.

Él se quedó pensativo, se levantó y se fue renqueante hasta lo que quedaba de una ventana. Miró el horizonte. Todo era campo arrasado por las bombas y la metralla. Desde allí podía oírse como a lo lejos sonaba de cuando en cuando un disparo. Aunque, trabajosamente, comenzaba a recomponer una situación extraviada en alguna parte de su cabeza.

-Creo que la tengo rota…-continuó ella indiferente a lo que pasaba a su alrededor-, pero es sólo la pierna. Me parece que el resto del cuerpo puedo moverlo …
-¿Quién es usted? –preguntó él finalmente.

Ella permaneció un momento en silencio. Luego prosiguió:

-¿Por qué no me ayuda a retirar esta viga, por favor? Quizá entre los dos podríamos…
-Le he hecho una pregunta –la interrumpió bruscamente.

En vano, a la mujer no le preocupaba otra cosa que no fuese mover la viga. Cuando se convenció de que no podía, se quedó mirándolo.

- No voy a ayudarle hasta que no me conteste a la pregunta que le he hecho.
- Por favor... ¿qué importa ahora eso?
- Sí, sí que importa.

Un silencio, como un viento que saliera del interior de la tierra, se coló entre ambos. Pasaron unos segundos, mientras ella trataba de zafarse inútilmente de la carga que le atenazaba la pierna. Sin esperanza de respuesta, él se fue hacia la mujer y se detuvo a mirar la guerrera que había dejado caer. Tenía los galones de un teniente. Él no estaba del todo seguro que fuera su guerrera, pero la palabra “teniente” le sonaba mucho más familiar que cualquier otra en aquel momento.

-¿Esta guerrera es mía?

Ella no contestó.

-Sí, es mía…-asintió él reflexivamente- , entonces… ¿por qué yo no la llevaba puesta? Ni siquiera hace calor, no estamos en verano.

Ella seguía en silencio.

-Y usted… ¿por qué está desnuda de cintura para abajo? ¿Estaba con alguien?
-Por favor… ¿no ve que no es el mejor momento para un interrogatorio? Sólo le pido que me ayude a retirar esta viga…
-¡Y una mierda! ¿Cómo sé que no me va intentar matar en cuanto la desembarace de ese peso?
-¿Matarle?
-Sí, matarme. ¡Esto es una guerra y está claro que nosotros no hemos venido aquí a jugar!

Se fue hacia la otra habitación. De una patada apartó de su camino la muñeca de juguete, y repasó visualmente, ahora con detenimiento, el espacio de donde había salido.

-¡Dígame! –gritó al fin volviéndose- ¿Qué coño hacía yo en esa otra habitación? ¿Acaso era un prisionero esperando un tiro mientras usted follaba con uno de sus compatriotas?
-¿Compatriotas? ¿Qué compatriotas?

Corrió hacia ella y la agarró por los hombros zarandeándola.

-¡Serás cínica! ¿Crees que esa bomba me ha dejado tan idiota como para no darme cuenta que tu camisa tiene una bandera distinta a la de mi guerrera? Estás en medio de un campo de batalla, ¿qué coño ibas a ser sino un enemigo?
-Me estás haciendo daño…¡Ya vale, por favor! –rogó ella.

Él se incorporó sacando la pistola del cinto de la guerrera, apuntó hacia ella y levantó el percutor. La mujer se llevó instintivamente las manos a la cara. Luego, ante la indecisión de él, volvió a retirarlas. Sobre los dedos se trajo parte del polvo y la sangre que cubría su rostro. Era más joven de lo que nadie hubiese adivinado por su voz. Él bajó el arma y se volvió otra vez hacia el paisaje desolado que podía observarse a través de la ventana.

-¿Sabes? –dijo después de un momento de silencio- creo que te voy a dejar aquí.
-No, por favor –volvió a rogar ella- estamos en tierra de nadie, ninguno de los frentes avanza, nadie va a venir aquí...

A lo lejos no dejaban de sonar disparos perdidos. Podían oírse nítidamente.

-Ese no es mi problema…
-¿Me vas a dejar morir?
-No tengo elección, se trata de ti o de mi
-Por favor…moriré de frío o de sed…Es demasiado duro –la voz le temblaba y se puso a gemir de nuevo, aunque hasta el momento no había vertido una lágrima.
-A saber a cuantos de los nuestros habrás matado.
-Por favor…no quiero morir de esta manera.

Él no contestó. Levantó la guerrera, se la puso y enfundó la pistola en el cinto. Las caderas de la mujer quedaban otra vez al aire. Se disponía a salir sobre los escombros de la puerta cuando una frase lo detuvo:

-Estaba medio desnuda porque tú…, tú me habías violado –dijo sollozando y en voz baja. Ahora sí se deslizó una lágrima por sus mejillas.

Él se dio media vuelta. Aunque iba recordando hechos y cosas, su memoria no le había devuelto ningún acto de violación.

-¡Eso es mentira!
-¿Mentira? ¿Por qué te crees que no llevo nada puesto en las piernas?
-Es imposible, yo jamás he violado a nadie. ¿Me oyes? Nunca.
-Piensa un poco…¿Hace un momento no te acordabas de nada…y ahora ya puedes decir lo que has hecho a lo largo de toda tu vida…?
-Soy incapaz de violar a nadie… No, nunca lo haría...

Estaba confuso, el dolor de cabeza no sólo no se había esfumado sino que crecía por momentos. Allí, bajo del dintel destrozado de la puerta, no podía tomar una decisión sin ver los inconvenientes de no hacer lo contrario. Es cierto que si abandonaba a aquella mujer ella moriría; pero si la salvaba estaba convencido de que podría matarlo, porque cómo iba ella a reparar en que si de verdad la había violado no era por otra cosa que por una razón puramente bélica: era una enemiga, una militar, y aquello era una guerra. Todo valía.

- ¡Por favor…no me abandones!

Él intentaba pensar con claridad. La muñeca en el suelo parecía desconcertarle más que la propia mujer. Pero lo que más le preocupaba era hacia dónde iba a caminar. No recordaba en qué lugar estaba el enemigo y en qué lugar el amigo. A lo mejor ella podía ayudarle, aunque tuviese que llevarla a rastras. Sí, lo más importante era cómo salir de allí, si luego decidía pegarle un tiro ya tendría tiempo para apretar el gatillo.
Volvió sobre sus pasos e intentó de nuevo mover la viga. Esta vez tampoco pudo. Mirando en derredor suya descubrió un pedazo de hierro de los que habían caído del techo. Hizo palanca con fuerza, pudo levantar la madera unos centímetros, lo suficiente para que ella sacase la pierna. Agotado, dejó caer otra vez la viga. Cuando volvió la vista hacia ella descubrió que lo estaba apuntando con una pistola. Instintivamente, se llevó la mano al cinto. Ella le había quitado el arma sin darse cuenta.

-¿Es así como piensas pagarme después de salvarte la vida?

La mujer lo miraba ahora con odio descarado, su rostro, aún lleno de polvo y sangre, parecía haberse librado de todo asomo de juventud, como si hubiese estado aparentando la suavidad en sus facciones.

-¿Sabes de dónde viene esta sangre que tengo en la cara?

Él permaneció unos segundos en silencio. Luego le extendió las manos.

-Suelta el arma, esto no tiene sentido ya…
-Esta sangre es de mi hijita…¡dos años, sólo tenía dos años! Ahora está allí, bajo esos escombros, muerta…

Ambos volvieron la mirada hacia la muñeca rota. Estaba claro que ella por fin decía la verdad.

-No tuviste bastante con violarme, maldito asesino, tenías también que matarla a ella…- Afirmó con un carácter que nadie hubiese sospechado antes.

Él apenas podía musitar palabra.

-Pero…, ahora… yo te he salvado…podías considerar eso…

La mujer martilleó el percutor de la pistola.

- Tal vez, pero…¿qué sentido tiene para la gente buena luchar en una guerra si al final salen vivos de ella tipos como tú?

El volvió lentamente los ojos hacia la ventana, miró al horizonte, aquel paisaje desolado pudo ser en otro tiempo incluso hermoso. En alguna parte, tal vez en otra casa destruida, alguien oyó un disparo lejano.

Última edición por arturo brito; 15-11-2010 a las 19:56
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  #2  
Antiguo 17-11-2010, 17:37
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Gracias por tu relato. Se puede escribir más (eso espero) pero no mejor.
__________________
Hoy no he venido a hablar de mi libro.
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  #3  
Antiguo 27-11-2010, 12:53
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Predeterminado

Muchas gracias por tu ánimo. Intentaré, por lo menos, no empeorar mi escritura.

Un saludo.
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  #4  
Antiguo 16-01-2011, 21:09
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Predeterminado Asuntos propios

Subiendo en el ascensor que le conducía al último piso se preguntaba si hoy tendría más suerte que en días anteriores. Ya arriba accedió a la azotea por una puerta verde de hierro y, después de echar un vistazo, la atrancó para que nadie entrase tras él; luego, se fue hacia el pretil que daba a la avenida y allí abrió el estuche TKL de fibra para guitarra acústica con el que había llegado. De él extrajo un pequeño bolso, corrió la cremayera con delicadeza y sacó una mira telescópica PSO-1. A través de ella, después de localizar a simple vista el automóvil, reguló la distancia aproximada para el disparo, 240 metros. Luego cogió su móvil, lo puso cerca y se dispuso a esperar la llamada.
Abajo, diez minutos antes, había aparcado el coche en la avenida Magallanes y después la había cruzado con el estuche de su guitarra en dirección al portón número 6. La ventanilla del copiloto se quedó sin subir y, aunque se había llevado las llaves, tampoco había echado los seguros de las puertas. A primera vista, aquel aparcamiento era la obra de un músico despistado, un coche con todas las papeletas para sufrir un robo. No obstante, el riesgo de que se llevaran el coche era mínimo, pues el arranque electrónico precisaba de la llave y sin ella hacía falta para esto un buen profesional y mucho tiempo. Ahora bien, en el interior el equipo de música era un cebo al olor del cual acudiría cualquier rastreador del entorno: un Pioneer AVH 3.200 BT. Más de quinientos euros aparato y montaje.
Sonó el movil. "El pájaro está en la jaula", dijo una voz al otro lado. Sacó del estuche el fusil, un Dragunov de culata plegable, montó la mira telescópica, sin prisas, inevitablemente el chorizo se tomaría su tiempo en desmontar el Pioneer, aún con experiencia al menos cuatro o cinco minutos, mientras a él le sobraban con dos. Apuntó hacia el automóvil, dio el último toque al dial de la mira para ajustar la elevación , aguardó sin mover un sólo músculo a que el objetivo saliese con el equipo en la mano. Cuando, al poco, lo hizo con una bolsa de El Corte Inglés donde a buen seguro el tipo había escondido el aparato, dejó que se alejase unos cincuenta metros del coche, subió la cruz de la mira hasta su nuca y apretó el gatillo. La víctima cayó de bruces contra la acera y quedó allí, inmóvil junto a su bolsa. Antes de que la gente supiese siquiera qué era lo que estaba ocurriendo, desmontó la mira telescópica, plegó la culata del rifle y lo volvió a introducir todo en el estuche de la guitarra. Desatrancó la puerta, bajó de nuevo en el ascensor y se fue tranquilamente hacia el coche. Abría el capó para meter el estuche ignorando a la gente que se iba arremolinando 50 metros más allá alrededor del cuerpo cuando, inesperadamente, una voz se dirigió a él:

–No sabía que tocases la guitarra – era una chica de unos 24 ó 25 años. Lo dijo al paso, no parecía tener intención de pararse.

Él tampoco hizo por detenerla, simplemente le sonrió. Y ella, ya alejándose dijo:

-Un día de estos me tienes que tocar una canción.
-De acuerdo, te la tocaré- dijo él mientras abría la puerta del conductor.
-¿Quién es esa? -preguntó alguien desde el asiento del copiloto.
-Una vieja amiga de la Universidad.
-Así que una amiga…Te diré lo que vas a hacer. Mañana la llamas y le dices que quieres tocarle la canción. Sondéala, a ver si le ha dado por sospechar después de oír las noticias.
-No creo que sospeche de mi, esta tía siempre pecó de inocente.
-Tú haz lo que te digo.
-¿Tiene que ser mañana?
-¿Cómo?
-Mañana tengo asuntos propios.
-¿Asuntos propios? ¿Me tomas por un imbécil, o qué?
-Vale, no se enfade, es que tenía comprado los billetes para irme a esquiar.
-Asuntos propios...Llevo veinte años en el cuerpo y jamás he solicitado un día para algo que no fuese realmente necesario. ¿A esquiar le llamas tú un asunto propio? Anda, arranca de una vez y larguémonos ya de aquí. Asuntos propios...

Última edición por arturo brito; 16-01-2011 a las 21:17
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