Lobo verde, Caperucita roja
Caperucita iba andando por el bosque con una cesta en la mano y camino de la casa de su abuelita. Vivía esta en una buena choza en medio del campo, pues el padre de Caperucita no quería a la suegra en la casa, que decía tener bastante con la mujer y la niña, que más de dos mujeres no había hombre que tuviese cojones de soportarlo. Entonces, junto a un arroyo que hasta en verano baja con agua fresca, se le apareció, inesperadamente y desde detrás de un alto matojo un lobo, el cual le preguntó:
-¿Quién eres tú, niña?
- Soy Caperucita -le contestó ella.
- ¿Y qué haces por aquí?
- Voy a llevarle el almuerzo a mi abuelita, que vive sola allí arriba, en esa montaña, y está malita porque dice mi padre que no come buena carne desde que se murió mi abuelo.
El lobo se relamió y estuvo a punto de saltar sobre Caperucita, pero lo pensó mejor.
“Esta es muy joven para mí –se dijo-, buscaré la casa de la abuela, que las maduras me ponen más”.
Y el lobo, despidiéndose, siguió sendero arriba hasta dar con la casa. Allí descubrió una ventana abierta y se asomó. La abuela estaba tendida sobre la cama, con una cabeza llena de largas canas a juego con el camisón y el gorro para dormir que tenía puestos.
“Esta abuela está ya pasada de rosca –pensó el lobo- mejor me quedo con la nieta”.
Y entró en la casa por aquella ventana. La abuela, que estaba teniente del todo, no se enteró de nada. Así pudo el lobo de golpe saltar sobre ella y amarrarle las manos detrás, colocándole luego un pañuelo en la boca. La introdujo entonces en un armario de la misma habitación y le hizo a la puerta, morboso él, dos agujeros con un clavo y un martillo para que la abuela pudiese observar lo que iba a ocurrir. Terminado el trabajo, el lobo se puso el camisón y el gorro de la abuela y se metió en la cama a esperar la llegada de Caperucita.
Una hora estuvo tendido, hasta que sintió como llamaban a la puerta.
-¿Quién es? –preguntó el lobo con voz aguda.
-Abuelita, soy yo, Caperucita, que vengo a traerte el almuerzo.
Al lobo se le pusieron las orejas, y no solo las orejas, de punta.
-¡Y una pareja de la Guardia Civil, señora, que ha venido acompañándola!
El lobo estuvo a punto de mearse en la cama. Tragó saliva pensando que no salía de esa.
-Pasa, Caperucita querida, ya se pueden ir los señores guardias civiles –acertó a decir nerviosamente.
Caperucita empujó la puerta y entró, mientras los dos guardias civiles, curiosos, se asomaban a la puerta.
-Aquí tiene a la niña, señora, sana y salva. Buenas tardes.
Y se fueron, mientras uno de ellos le decía al otro:
-¿Te has fijado? Vaya careto el de la vieja.
-Los años no perdonan a nadie, a saber el que tendrás tú cuando llegues a su edad.
-Sí, es verdad, pero aquí hay algo extraño…
- Anda, anda...
Cuando Caperucita estuvo delante de la que creía su abuela se sorprendió.
-Abuelita, pero ¡qué ojos más grandes tienes!
-Para ver lo que me voy a comer mejor…
-Abuelita, pero ¡qué nariz más grande tienes!
-Para oler lo me voy a comer mejor…
-Abuelita, pero ¡qué boca más grande tienes!
-Para comerme lo que me voy a comer mejor…
Entonces, Caperucita, mosqueada, pasó la vista por las sábana y vio un promontorio hacia la mitad.
-Abuelita, pero ¡qué entrepierna más grande tienes!
Y el lobo, deshaciéndose de la sábana saltó sobre Caperucita. La cesta del almuerzo salió volando, y el animal le quitó de un zarpazo su preciosa ropa encarnada. Descubrió un cuerpo apetecible, recién llegado a la pubertad, todavía sin haber conocido siquiera el tacto rugoso y torpe de algún leñador sudoso con camisa de cuadros.
-¡Pero… si es el lobo! –exclamó sorprendida ella-, el mismo que me encontré en el bosque.
-Sí, el mismo, sólo que me ha crecido otro rabo.
-¡No, por favor, no me comas!
-Tranquila, muchachita, sólo te voy a partir el virgo.
-Y eso, ¿qué cosa es?
-En cuanto te lo partas lo sabrás.
Y el lobo la abrió de piernas sobre la cama de la abuelita y allí se despachó a gusto.
Cuando hubo terminado, le preguntó Caperucita sollozando:
-¿Qué hiciste con mi abuelita, lobo malo?
-¡Ostia, la vieja, se me había olvidado!
Y fue hasta el armario, lo abrió y le quitó el pañuelo de la boca a la pobre anciana:
-¡Hombre –exclamó la abuelita- ya era hora, creí que nunca me iba a tocar a mí!
-¡Alto ahí! –gritó un guardia civil desde la ventana- ¡Que ahora vamos nosotros!
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