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  #1  
Antiguo 15-07-2010, 12:37
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Predeterminado Y no nos dejes caer en la tentación...

Y no nos dejes caer en la tentación…



Cada uno es tentado por su propio deseo, que lo atrae y lo seduce. Luego, el deseo, después de concebir, pare el pecado; y el pecado, una vez consumado, pare la muerte (Santiago 1, 14-15)



Cierta mañana de otoño, Domingo Sailor se empeñó en llevar a su esposa a la sala “Carmelo”, el cine de una infancia que comenzaba a volverse remota como si fuese de otro, y junto al que nacieron y murieron sus primeros dientes. Cuando no existe camaradería, la nostalgia tiene más de pesadez que de emoción, ella se negó a acompañarlo, no deseaba pisar de nuevo el barrio de Las Tres Cruces, afamado por ser el mayor refugio de ladrones y asesinos de todo el sur del país y que sólo salía del anonimato para el mundo el día que un cadáver aparecía en un portón, una esquina, un descampado lleno de jeringuillas.
Ya en cierta ocasión, cuando empezaban a salir, él la había llevado hasta allí para que lo conociese. La muchacha, inclinada por esa especie de sumisión que se padece en los primeros momentos del amor, accedió a regañadientes. No ocurrió nada, pero un pertinaz temor a que ocurriera hizo la visita desagradable e improductiva.
Ni entonces ni ahora, la mujer confiaba en que, ante una situación de peligro, Domingo fuese lo suficientemente hombre para protegerla. Lo amaba, pero no por su fortaleza de carácter. Ni siquiera lo creía con arrestos suficientes para intimidar a nadie que le plantase cara seriamente. Máxime desde que a Domingo le hubiese dado por comprometerse con el auténtico Cristianismo, por dejarse iluminar, como él refería, por la profunda enseñanza de las Sagradas Escrituras. Aun siendo mujer de fe, su pragmatismo femenino le dictaba que aquella filosofía de la bondad, si bien era la única que admitía profesar, no servía absolutamente de nada entre verdaderas fieras. Las historias de leones que se ablandan ante seres bondadosos eran menos de la dura realidad actual que de la dulce mitología antigua.
No, había jurado no volver a Las Tres Cruces y lo dejó ir solo, después de intentar en vano persuadirlo para que se quedase aquella tarde con ella. Pero Domingo no se dejó convencer porque, quizás en menos de dos meses, el cine “Carmelo” sería derribado por la especulación y se acabarían las oportunidades. Consideraba exagerado tachar de infernal un barrio al que había sobrevivido, además, no estaba dispuesto a perdonar otro día sin regresar una infancia de la que apenas podía evocar una feliz tarde de sesión continua.
Después de estar allí, la película fue lo de menos. Acabada esta, se abrieron las puertas descubriendo una sonrisa de satisfacción en su cara. Una cegadora luz de poniente podía percibirse al fondo del pasillo. La gente se arremolinó para salir sin muchas contemplaciones con los pies de los vecinos. A él, desde siempre, aquellos apelmazamientos le resultaban tremendamente incómodos, la posibilidad de rozarse con gente desconocida le producía una turbación casi enfermiza que explicaba en parte por qué le costaba tanto acudir a cualquier evento multitudinario.
Mientras se confundía con la corriente humana que descendía por aquel pasillo hacia la salida, justo delante suyo, apenas a una cuarta, una joven con un pantalón ceñido de tela blanca compartía camino con él y con toda la marabunta que salía. Tenía las carnes apretadas, un trasero impecablemente moldeado y hasta podía adivinarse el color de sus bragas. Quiso espantar pensamientos impuros de su mente, le resultaba difícil comprender cómo un instinto creado por Dios para el fin natural de la procreación fuese en él y en otros muchos una continua boca que había que alimentar. Se esforzó por alejar deseos que juzgaba ya esencialmente obra del demonio, pensar exclusivamente en su esposa, que no poseía un culo tan hermoso, pero con la que al fin y al cabo se había unido en matrimonio ante Dios. Todo en vano, no sólo no pudo evitar aquellos pecaminosos pensamientos, sino que le asaltó unas ganas irrefrenables de tocar aquel hermoso culo. Jamás había hecho cosa parecida con ninguna desconocida y, a excepción de su mujer, ni siquiera con ninguna conocida. Con tanta gente apretujándose, no era probable que fuese descubierto por la joven; ella difícilmente podría acusarlo más que a cualquiera de los que andaban en derredor suya. La oportunidad era única. Sacó la mano derecha del bolsillo, pensó incluso en qué zona la posaría, cerró y abrió el puño, sintió que los dedos le sudaban, los acercó lentamente a la altura de la nalga de la muchacha, muy lentamente, para evitar un gesto violento que lo delatara. Entonces, ya casi tocándola, la indecisión pudo más que el deseo y retiró la mano. Debió ponerse rojo e incluso por un instante, sin atreverse a mirar hacia ningún lado, temió que alguna de las personas que estaban junto a él hubiese descubierto su intento. Por primera vez desde que llegó al barrio sintió un miedo indescriptible, como si alguien estuviese esperándolo fuera para vengar su mala conducta. Mientras con pasos torpes caminaba hasta la puerta, iba diciéndose “no he hecho nada, no he hecho nada”; por un momento tuvo la sensación que estaba pidiéndole disculpas a todos aquellos criminales del barrio a los que su esposa temía como a una plaga, y no veía el momento de llegar a su casa y tumbarse cómodamente en el sofá como si volviese del trabajo con el deber cumplido.
Al llegar a la salida, tras una travesía que le pareció eterna a pesar de no sumar más de doce metros, respiró liberando los pulmones del peso del miedo. Pero entonces le asaltó el de la culpa. Los ladrones y asesinos del barrio desaparecieron para dar paso al mismísimo Dios Todopoderoso. Recordó que Jesús había dicho que “todo el que mira a una mujer con mal deseo, ya en su corazón cometió adulterio”. Y antes de que el pecado sea perdonado por Dios, es justo pedir perdón a la persona ofendida, porque era necesario perdonarse mutuamente, como Dios nos perdonó en Cristo. Había intentado coger el culo a una extraña, sin duda ella tenía derecho a saberlo, tenía que decírselo, porque no es bueno que alguien cercano haya sido objeto de nuestra lujuria y permanezca ajeno a todo, ya que “el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado”. No decírselo a aquella muchacha era pecar dos veces. Además, él también tenía derecho a la compasión del prójimo. Sin darse apenas cuenta, Domingo espoleaba la necesidad de demostrarse a sí mismo que creer en una doctrina es también no desaprovechar cualquier oportunidad para ponerla en práctica.
Se acercó hasta ella y, ahora más decidido, le tocó en el hombro:

-Disculpa –le dijo- ¿puedo hablar un momento contigo?

La mujer se volvió. Era guapa pero, con los ojos claros y rasgados como los de un animal salvaje, tenía esa belleza que tienen las plantas carnívoras. Aún así, Domingo se tranquilizó al descubrir una gran cruz negra como colgante en su cuello, por encima de lo estético juzgó que aquella era como una señal que le indicaba el buen camino.

-Me gustaría decirte una cosa…

Unas amigas que la acompañaban pusieron cara de pocos amigos y se alejaron. Entonces Domingo le narró lo que había pasado y no había pasado mientras la calle, entre las últimas luces de la tarde, se despejaba de gente para volver a ser ese desierto urbano que traen los atardeceres del otoño:

- Por todo esto y porque soy un buen creyente –concluyó Domingo- al igual que Jesús supo de la adúltera que había pecado y permitió que se expusiera al castigo, y la perdonó y advirtió para que no volviese a pecar, así yo quiero que tú sepas que he pecado y me expongo al castigo y también te pido perdón.

Ella lo escuchó atenta al principio, luego, ignorando la parte final del discurso, se dio media vuelta para irse.

-Disculpa -le dijo él-, pero es importante para mi.
-Déjame en paz, ¿quieres?
-Por favor…-le suplicó cortándole el paso.

La chica estaba convencida de que se hallaba más ante un imbécil que ante un verdadero loco, porque con esa timidez y esa cara de santurrón aquel hombre sólo podría vivir entre razonamientos continuos, la intuición o la experiencia de la vida le había enseñado a descubrir que ese tipo de gente difícilmente puede evitar decir lo que piensa, personas que son sinceras en todas las circunstancias porque no saben vivir de otra forma.

-¿Qué coño quieres? – le preguntó.
-Necesito que actúes como si yo hubiese hecho lo que deseé hacer –afirmó Domingo ya titubeando, sin querer referir con todas las palabras la acción frustrada-, porque si no se peca sólo de obra, también de pensamiento, no sólo hay que arrepentirse de pensamiento, también de obra.
-Déjalo, no ha pasado nada. Estás perdonado.
-Te pareceré un idiota, pero para mi –afirmó convencido y con solemnidad de púlpito- es como si realmente hubiese pasado. Te ruego que actúes en consecuencia y, no te ofendas, pero sólo así tu perdón será para mi verdadero.

Y entonces Domingo cerró los ojos ante ella y apretó los dientes, dispuesto a recibir una bofetada o quizá un puñetazo en la nariz.

-Está bien, asintió la chica, si es lo que quieres…

Pasaron unos segundos, quizá demasiados, pero Domingo no se movió ni un centímetro, sabía que ella no se había ido, que seguía allí. Un ruido, como el chasquido de una nuez hizo entonces que abriese sorprendido los ojos, justo para ver enfrente suyo algo que quizá no llegó siquiera a concretar, pero que parecía el cañón de una pistola. Al instante un estruendo lo introdujo en un túnel parecido al pasillo que acababa de dejar atrás. Desde el fondo lo deslumbró una luz cegadora como la del poniente que se colaba entre las puertas recién abiertas del cine y hasta sus oídos, que poco a poco iban perdiendo el eco de aquel trueno, llegó una voz diáfana y decidida:

-Esto es lo que yo hago con los cabrones que me cogen el culo.

Última edición por arturo brito; 15-07-2010 a las 18:03
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Antiguo 04-10-2010, 19:31
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ALGÚN DÍA SERÁS JUDAS

Se enfrentaba a una ardua y larga tarea. Pintar un fresco de la Santa Cena. Después de decidir qué pigmentaciones usaría, lo siguiente era configurar la disposición de las figuras, cómo se relacionarían entre ellas y con el espectador. Luego buscar un modelo para Jesucristo y cada uno de los apóstoles. No necesitaba advertir al promotor ante un encargo, su sistema de trabajo no hacía concesiones a la premura, el arte como toda tarea abordada con seriedad es enemigo de la impaciencia. Juzgó que antes que nada habría de pintar a Jesús. Situado en el centro de la escena, su ubicación era la principal referencia y el lugar que atraería las primeras miradas. En función de él se situarían los distintos personajes y el espacio que los circundaba. Como modelo para Jesús había pensado en cierto joven de 24 años. Se lo cruzaba casi todas las tardes cuando salía a pasear por la Piazza del Duomo. Era el hombre más adecuado para la altura del personaje, su bello rostro reflejaba belleza, bondad y a la vez, en una mezcla difícil de hallar, cierta pizca de pasión y fortaleza de carácter.
El joven aceptó su propuesta y, pintado Jesús, la tarea se fue alargando durante siete años, en los cuales iba plasmando sobre un andamio y en la pared blanquecina un apóstol tras otro. A pesar de haberlo buscado con insistencia en mercados, plazas y, con pertinaz impaciencia, en el barrio más inmundo de la ciudad, junto a la Porta Vercelina, el rostro de Judas Iscariote se le resistía. Aquella pintura amenazaba con eternizarse. ¿Es que no había en todo Milán un hombre que pudiese reflejar la doblez de alguien que había de ser al mismo tiempo fiel y traidor? No sólo era eso. En verdad, Judas no habría de aparecer tanto con rostro de ser malvado y cruel como de rencoroso y desconfiado.
Entonces se decidió por lo que hacía tiempo le venía rondando en la cabeza: ir hasta la cárcel a buscarlo. Puestos en fila, repasó uno por uno las facciones de todos los presos, hasta que se detuvo en unas que le parecieron colocadas allí por el mismísimo Dios para concluir aquella sagrada obra. Le informaron que tuviese cuidado con aquella escoria, carne de patíbulo, había acabado allí por diversos y sangrientos asesinatos. No poseer en su haber ninguna víctima de sangre aristocrática lo sostenía a la vida.
Solicitó de las autoridades principales su traslado hasta el refectorio del convento, donde pintaba la obra, y al poco lo llevaron dos carceleros encadenado con grilletes. Una vez en el lugar en donde había consumido el trabajo de sus últimos años, buscada la hora y la luz óptima, lo fue pintando con paciencia y tesón de hormiga. Fueron tres días de idas y venidas en los que no intercambió una sola palabra con el preso y en los que se sentía inquieto por la presencia de aquel hombre que unas veces parecía observarlo con ojos taciturnos y abandonados a la indolencia, y otras con aires de engreimiento.
Cuando la figura de Judas estuvo satisfactoriamente ultimada llamó a los carceleros que aguardaban como cada día en la puerta. Presintiendo que aquella era la última jornada y que tal vez la conclusión de la obra preludiaba también el final de su vida, el preso habló entonces por vez primera en todo aquel tiempo:

- Vos no me reconocéis, ¿no maestro?
- No sé lo que quieres decir…
- Que si no me recuerda...
- No, no te había visto en mi vida...

El preso se le quedó mirando fijamente con aires compasivos:

- Se equivoca -dijo tras un prolongado silencio con voz de consideración pero en tono firme- yo soy el hombre que le sirvió de modelo hace siete años para pintar a Jesús.

(Ocurrió en realidad. El pintor era Leonardo de Vinci, y la obra La Última Cena del refectorio del convento de Santa María delle Grazie en Milán)
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  #3  
Antiguo 05-10-2010, 13:20
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Predeterminado Relatos que hacen pensar

Muchas gracias, arturo brito, por tus relatos. Son apasionantes, muy bien escritos y, además, invitan a la reflexión. Es todo un placer degustar tus aportaciones.
__________________
Hoy no he venido a hablar de mi libro.
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  #4  
Antiguo 13-10-2010, 00:05
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Gracias a ti, Pacumbral, por esta buena crítica.

Un saludo.
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  #5  
Antiguo 20-12-2010, 00:26
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Predeterminado La revelación (1ª Parte)

Cada año cuando empiezan las nieves, algunos excursionistas aseguran haber visto en aquellas montañas a cuatro hombres en hábito de monjes llevar a hombros a una Virgen de aspecto antiguo. Raro es el otoño que no trae el testimonio de un asombrado y hasta estremecido caminante. A veces, juran que esos monjes no tienen rostro y que la Virgen parece haber salido de en medio de un fuego. Hace unos años hasta salió toda una partida de caza a perseguir a aquella visión. Por supuesto, no hallaron nada. La verdad es que hay gente que acaba descubriendo, aunque sea en su imaginación, lo que siempre deseó encontrar. Pero la leyenda es antigua, o al menos es eso lo que pude averiguar en cierta taberna de Ripoll.
El caso es que ellos tenían intención de volver a finales del verano, cuando el calor no agobiaba y algunas lluvias habían ya asentado el polvo de los caminos. Sin embargo el Santo Padre les había hecho esperar más de la cuenta, asuntos de suma importancia lo habían ocupado en importantes tareas de modo que no pudo o no quiso recibirlos. Así, después de vivir hospedados merced a las limosnas y casi dos meses en que se ocuparon de conocer Roma, las majestuosas bellezas arquitectónicas que la capital de la Iglesia Universal había visto levantarse en los últimos años, Urbano VIII por fin abría un hueco en su apretada agenda para bendecir a la imagen que habían trasladado a pie desde Segovia hasta la ciudad santa, cientos de millas, los pies y los hombros sumamente magullados. La larga estancia en la urbe había sido de gran utilidad para recuperarse tibiamente, aunque bendecida, la imagen pesaba lo mismos setenta kilos y la vuelta sería igual de fastidiosa.
El camino no era tan duro por las asperezas del terreno y los bandidos que lo frecuentaban como por el peligro que entrañaba que España y Francia se hallasen en medio de una guerra que aún no sabían ellos que se prolongaría otros quince años. Cierto que la venida a Roma se había realizado sin obstáculos de consideración, los franceses siempre respetaron el hecho de que ellos no tenían nada que ver con aquella guerra, simplemente cuatro frailes franciscanos que llevaban la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles de la Hoz hasta Roma para su bendición por el sumo pontífice. Nada que incordiase a los católicos franceses. Es más, el trayecto en Francia, al igual que en España había transcurrido cruzándose con gente que se arrodillaba al borde de los caminos ante el paso de la Virgen. Cada una de esas muestras de devoción levantaba el ánimo de los monjes y les daba una dosis de fuerza para proseguir que antes no hubieran sospechado en sí mismos.
La vuelta fue más difícil. Aquel año nevó pronto y cuando llegaron a las estribaciones orientales de las montañas pirineaicas se encontraron con que un ejército francés estaba ocupando posiciones cerca de Perpignan. Como no confiaban en que la suerte les siguiera acompañando, decidieron alargar la ruta y cruzar por un paso más seguro. En vez de entrar por Figueres y para evitar verse en medio del conflicto, cruzarían el Pirineo por Ripoll. Esquivar esta contingencia les costó alargar mucho más el trayecto, pero sobre todo, acercarse arriesgadamente al corazón de la cordillera. Horas de trabajosos senderos, donde el frío se les colaba por los hábitos y a veces era necesario detenerse a hacer un fuego y calentarse los pies antes de que se congelaran. Esto no les era desconocido, dos de los monjes, Gabriel y Uriel habían nacido en las tierras ásperas de Aragón, sabían defenderse bien en medios hostiles, ya fuesen demasiado calurosos o demasiado fríos; los otros dos, Rafael y Miguel, eran segovianos y no se arredraban tan fácilmente ante las bajas temperaturas. Pero a la altura de la sierra de Fembra Morta les alcanzó un temporal de nieve que los hizo detenerse a la vista del Castell de Rocabruna. Allí un pastor tosco y desabrido, con una fea mueca permanente en su cara, y que ni siquiera se inmutó ante la presencia de la Virgen les informó que si decidían cruzar aquel paso faldeando la sierra para alcanzar el hermoso valle de Camprodon, podrían guarecerse en una cabaña que estaba a unas seis millas y en la que les aguardaba leña para tres días, los que normalmente tardaban estos temporales, al término de los cuales habrían necesariamente de retomar la marcha si no querían acabar congelados.
No se lo pensaron. Tras despedirse del pastor y volver a levantar la Virgen, Rafael –que era el más joven de los cuatro- observó que Miguel, el más alto y corpulento, llevaba una daga sostenida en el antebrazo con correas bajo la manga derecha del hábito. Llevándose un dedo a la boca Miguel le dijo en voz baja:

-Hermano, hay que ser precavido, no creo que al Diablo le guste que concluyamos esta santa misión.

Con la expectativa de arribar pronto al valle y recuperar los días perdidos, decidieron continuar la marcha hasta llegar a la cabaña. Allí pasaron largas horas frente a una amplia y generosa chimenea encendida entre canciones, vino, queso fresco y viejas narraciones de lobos y pastores a la espera de que el temporal de nieve perdiese fuelle. Pero el tercer día llegó y la nieve siguió cayendo con fuerza. Era como si Dios mismo, por algún motivo ignorado, no les permitiese proseguir su camino. El problema estribaba en que la leña se estaba agotando y comenzaron a sospechar que acabarían sufriendo lo que el pastor les había vaticinado.
Efectivamente, aquella noche el frío no les dejaba dormir. En la chimenea se quemaban los últimos tizones y no podían hacer acopio de ninguna madera en los alrededores, ni poseían nada, a excepción de sus propios hábitos y el apoyo cuadrangular de la Virgen, susceptible de usarse para alimentar el fuego. Comprendieron que si dejaban pasar unas horas más los pies y las manos se les congelarían y sin fuego ya no habría escapatoria. Perderían movilidad en los miembros y con ellos la vida. Ni la Virgen ni ellos llegarían jamás a su destino. El hermano Miguel, que siempre llevaba la voz cantante, accedió a regañadientes a echar al fuego toda la estructura de madera que servía de soporte a la imagen de la Virgen. Casi 15 kilos de madera les permitió sobrevivir aquella noche. Pero al día siguiente el temporal, lejos de menguar, arreció y bajaron más las temperaturas. Casi apagado ya el fuego el hermano Rafael acabó sugiriendo lo que tal vez los otros ya pensaban: si cogían la propia talla de madera de Nuestra Señora de los Ángeles y la echaban al fuego podrían sobrevivir aquella noche al frío y esperar que a la mañana siguiente ya el tiempo hubiese mejorado. El hermano Miguel fue el primero en escandalizarse:

-¿Cómo te atreves a sugerir eso? –gritó espantando un vaho helado de su boca.

Pasó otra hora, las bajas temperaturas y el miedo les impedía incluso articular palabra. Rafael habló de nuevo:

-Si morimos aquí la Virgen no llegará a su destino. No tiene sentido, hermanos, admitamos que nuestra misión ha fracasado. Ella no dejaría nunca que muriésemos, comprendería que…

El hermano Miguel lo interrumpió:

-¡Basta!, no quiero oírte más. Quemar a la Virgen como si fuese una hereje, como si fuésemos mahometanos o judíos… ¡No blasfemes más o en cuanto atravesemos estas montañas daré cuenta a la Inquisición!

Los monjes que no habían articulado palabra hasta ese momento se miraron, no parecía muy probable que vieran jamás a ningún inquisidor ni a nadie, pero no mostraron intención alguna de estar dispuestos a contradecir al hermano Miguel.
Entre rezos en voz baja e inmovilizados por el frío, pasaron unos minutos. Al fin, Rafael se levantó y se fue hacia la Virgen. Miguel adivinó su propósito, de un salto, haciendo acopio de la poca agilidad que quedaba en sus entumecidos pies, se fue hacia el atizador de la chimenea y lo blandió en alto:

-¡No dejaré que la quemes, maldito apóstata!

Rafael miró hacia los otros dos hermanos. Apoyados el uno contra el otro, seguían sin pronunciar palabra. Sin embargo, él intuía que no estaban en desacuerdo.

-Hermanos -les dijo-, este sacrificio no tiene sentido. Las oraciones no van a impedir que muramos de frío. Si queremos, podemos evitarlo, porque el corazón de esta sagrada imagen es de madera de roble, con ella tendremos más que suficiente para calentarnos durante al menos dos días.
-¡Calla! ¡No vamos a permitirte que sigas! ¿Me oyes? –gritó Miguel.

Pero en Rafael el miedo a la muerte podía más que la propia fe:

-¿Es que acaso pretendéis dejar vuestra vida aquí sin más por no quemar una imagen esculpida por un hombre?
-¡No sigas por ahí! –volvió a vociferar Miguel- , ¡estás blasfemando, maldito hereje!
-Hermanos –continuó Rafael, como si no escuchase las amenazas de Miguel y arrastrando la imagen hacia el fuego- ayudadme, por favor, esto no es ningún pecado mortal, es más, Dios ni tan siquiera nos castigará por esto, sabéis que Él mismo entregó a Moisés entre sus mandamientos uno que decía “No te fabricarás imagen tallada ni figura alguna de cuanto hay arriba en los cielos…
-¡Basta! –gritó Miguel, que veía ya la imagen cerca del fuego, mientras Rafael seguía recitando los versículos de la Biblia.
-“…et quae in terram deorsum et quae versantur in aquis sub terra. Non adorabis ea et non coles…”
-¡Basta, he dicho! – volvió a gritar Miguel con los ojos ya desorbitados, y dejó caer de golpe sobre la cabeza de su compañero el atizador.

(Continuará...)
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  #6  
Antiguo 21-12-2010, 21:38
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Predeterminado La revelación (2ª parte)

Rafael se desplomó arrastrando a la imagen con él, y Miguel quedó paralizado de pie, mirando como el cuerpo de su joven compañero yacía inmóvil en el suelo. Luego volvió la vista hacia los otros hermanos, soltó el atizador y se puso a levantar a la Virgen. Uriel y Gabriel se irguieron rápidamente para ayudarle. Pasaron unos minutos en silencio, aún con el esfuerzo de levantar a la imagen, ninguno podía evitar dar diente con diente. Miguel, ya más serenado dijo a los otros:

- Lo habéis visto, ¿no? Pretendía quemar a la Virgen, era un maldito hereje.
- Sí –le contestó Uriel- es cierto, has hecho lo que debías, hermano.
- ¿Está muerto? –preguntó Gabriel.

Miguel se fue hacia el cuerpo que yacía en el suelo. Vio como un hilo de sangre le chorreaba por la cara, dejando caer pequeñas gotas sobre el suelo.

- Creo que sí…Sí, está muerto.

Los otros se miraron. Después de unos segundos, Uriel, con un tono de voz solícito y calmado, se decidió a hablar:

-Hermano Miguel…, tal vez…, sólo digo que tal vez no sería mala idea, ya que ha muerto este hereje que desconociéndolo nosotros nos acompañaba, ojalá su alma esté en el infierno, tal vez podríamos echarlo al fuego, después de todo es lo que la Santa Inquisición hubiese hecho con él… ¿no os parece?

Miguel seguía aturdido por el hecho. Miró a los otros y luego al cuerpo yacente del hermano Rafael.

-Sí, creo que así obraremos por mano de la justicia divina. Sí, vamos, ayudadme, echémoslo al fuego.

Miguel lo cogió por los brazos, los otros dos por las piernas. Entonces el cuerpo de Rafael pareció rebelarse con un espasmo. Aún estaba vivo. Se asustaron y lo dejaron caer al unísono.

-¡Vive, aún vive! –gritó Gabriel.
-Deus meum, Deus meum… -sollozó Rafael desde el suelo moviendo apenas los labios- por qué…por qué me has abandonado?

Uriel, sin pensarlo dos veces, cogió el atizador y golpeó repetidamente con él la cabeza de Rafael mientras gritaba:

-¡Maldito, hereje! ¡Maldito, hereje!

La sangre le salpicó en la cara y el rostro de Rafael ahora sí se desdibujó bajo una amplia mancha roja. Uriel soltó el atizador y agarrando el cadáver por los pies se volvió hacia Miguel:

-Hermano, vamos a echar al fuego a este hereje de una vez.

Miguel se dispuso a ayudarle, pero Gabriel estaba como petrificado.

-Y a ti, ¿qué te pasa ahora?
-Le has matado –dijo tembloroso-, has matado al hermano Rafael.
-Era un Judas, ¿no te has dado cuenta? En todas las comunidades religiosas hay un Judas, y el de la nuestra era éste.
-No matarás, ese es el principal mandamiento de Dios, no matarás –repuso Gabriel en un tono casi imperceptible. Y mientras decía estas palabras caminaba hacia atrás buscando la puerta. La abrió y salió por ella espantado por el miedo, perdiéndose a través de la ventisca.

Uriel soltó el cadáver y se dirigió hacia la salida con intención de detenerlo.

-¡Déjalo! –gritó Miguel- ¡Déjalo, o morirás con él ahí fuera!

Cogieron el cuerpo de Rafael y después de desnudarlo lo doblaron sobre sus extremidades y lo colocaron sobre la hoguera. Como si hubiesen cobrado la vida de aquel cuerpo, las llamas comenzaron a crecer muy lentamente. El olor a carne quemada no los incomodó tanto como lo exiguo del tiempo que pasó antes de que la consumiese el fuego. Después de unas horas, el hermano Rafael no era más que un montón de cenizas.

-¿Qué haremos ahora? –preguntó Uriel mirando fijamente las últimas llamas.
-Rezar, dijo Miguel, rezar para que podamos sobrevivir a esta noche, Nuestra Señora no permitirá que muramos de frío.

El otro guardó silencio. Miguel comprendió que él mismo era el único de los dos dispuesto a sacrificar su vida por la imagen de la madre de Dios.

-¿Sabes?, creo que todo esto formaba parte de un plan divino -le dijo después de unos minutos a Uriel mientras el frío los hacía tiritar como pequeños corderos desamparados.
-¿Qué quieres decir hermano?
-Los siete espíritus a los que hace mención el apóstol Juan.
-No…no entiendo a qué os referís.

Fuera, la ventisca arreciaba colándose y silbando por todas las rendijas de la cabaña como si el lugar fuera un obstáculo en su escarchado y mortífero camino.

-Sí, Uriel, ¿no te das cuenta? –prosiguió Miguel- Nosotros cuatro, y la Trinidad del mal: la guerra que es la bestia, el pastor que es su profeta. y la nieve que es el diablo. ¿No lo entiendes? La guerra nos condujo hasta este paso; el pastor nos informó falazmente de la posibilidad de sobrevivir aquí arriba, y la nieve ha desencadenado el final. Nosotros cuatro éramos los espíritus buenos, los que debíamos proteger a la Virgen, y ellos los espíritus malos representantes de Satanás. ¿Lo comprendes?
-¿Y qué sentido tendría todo esto? No somos más que cuatro pobres monjes con una imagen, como puede haberlos a cientos en la tierra…
-No, hermano, estás confundido. Nosotros éramos algo más que cuatro pobres monjes. ¿No te das cuenta que para el diablo nosotros representábamos a los arcángeles encargados de llevar a la Virgen hasta los cielos? Éramos un símbolo que había que destruir. Sí, Satanás ha vuelto después de mil años, porque hace mil años que reinó el primer verdadero Papa, Teodoro I... Pero no lo permitiré, ¿comprendes? No dejaré que el mal gane su primera batalla.

Uriel quedó pensativo. Sin duda aquel frío glacial estaba haciendo que su compañero perdiese la cabeza. Estaba seguro que en la mente de los locos siempre se podía cumplir una efeméride a partil de un suceso históricamente insustancial. Ya había ocurrido al término del primer milenio, y desde entonces muchas veces. Tal vez el Apocalipsis de San Juan no fuese más que el resultado de los desvaríos de otro loco en medio de una montaña helada. En realidad, no había duda de que todo aquello estaba pasando porque Miguel era demasiado radical en sus planteamientos. Debió haberse opuesto a él antes de que esto llegase hasta la situación en la que se encontraban. Quizá si se hubiese unido con el hermano Rafael la cosa no habría desembocado en una tragedia. Ahora estaba allí, oyendo hablar de los siete espíritus mientras la muerte estaba colándose por todos los resquicios de la cabaña. No, desde el principio estaba en desacuerdo con esa forma de tomarse las cosas, pero la prudencia le había recomendado esperar acontecimientos, aguardar el momento oportuno para rebelarse. Miguel era el más fuerte y también el más cabezota de todos. La Iglesia llevaba siglos personificándose en personas con demasiado carácter, intratables, y Miguel era una de esas personas. De cualquier modo, no estaba dispuesto a morir como una vulgar alimaña. La cuestión era decidirse a actuar. Y quizá ahora que su compañero estaba comenzando a desvariar era la ocasión. Pero, como si le hubiese leído el pensamiento y sin pensarlo dos veces, Miguel agarró el atizador y lo amenazó con él.

-Sal fuera –le dijo
-Pero…hermano, no podéis hacerme esto…

Miguel se fue hacia él con intención de asestarle un golpe. El otro, viéndose ya tan perdido como Rafael, abrió la puerta. Miguel siguió intimidándolo hasta empujarlo hacia la nieve y cerrar la puerta con llave.

-¡Por favor! ¡No me dejes aquí, moriré de frío! –gritaba Uriel aporreando la puerta. Pero ésta ya no se abrió y desde el interior de la cabaña comenzó a llegarle una letanía bíblica: “Factum est regnum huius mundi Domini nostri et Christi eius, et regnabit in saecula saecularun…”.

Uriel, revolviéndose contra su destino, sacó fuerzas de la desesperación y halló la manera de introducirse en la cabaña forzando una de las ventanas de una patada. Esperaba sorprender a su compañero arrodillado ante la Virgen y rezando, pero lo que encontró nada más entrar fue el filo de una daga. Después de hundírsela en el estómago, Miguel arrastró su cuerpo sin vida hasta la hoguera. Con eso alargaba la propia vida un par de horas más, quizá lo suficiente.
Pero los copos de nieve continuaron cayendo. El viento siguió azotando con furia las montañas. Parecía que nunca jamás iban a volver los días en que el Sol brillaba al amanecer y despertaba la animosidad de los pájaros, el brillo de las flores que se mantenían vivas en algunos riscos y pedregales. Hasta que una semana después, el pastor que les había indicado el camino y que venía huyendo de otra tormenta de nieve volvió a la cabaña. Abrió como pudo y encontró a Miguel sin vida y abrazado a la Virgen. Como si esperara aquel escenario, el pastor no se extrañó lo más mínimo. Encendió la chimenea y puso la talla de la Virgen sobre la hoguera. Aquella noche pudo dormir plácidamente al abrigo del fuego, aunque en ningún momento las llamas desdibujaron la fea mueca de su cara.
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  #7  
Antiguo 24-06-2011, 20:07
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ME ENCANTA!!!

MUCHAS GRACIAS!!!



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  #8  
Antiguo 04-07-2011, 00:41
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Gracias a ti por tu reconocimiento, anima a seguir.

Un beso.

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