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  #1  
Antiguo 11-06-2010, 21:17
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Predeterminado Noches De Amor Efímero

Mientras pisaba a fondo el acelerador, ella hacía con experimentado magisterio su trabajo. Me recordaba a la diosa del francés que conocí una vez en Sevilla. El CLK 320 me lo había comprado precisamente para ir de lumis, y de color negro, porque para mi siempre fue el color del sibarita por excelencia, del tipo que absorbe la vida, de quien succiona los momentos como aquella tía me estaba succionando a mi con la cabeza entre mis piernas.
El cuentakilómetros marcaba los 180 y subiendo: 190, 210, 220, 230…Entonces sentí que si seguía acelerando la ansiedad de la carretera me iba a impedir disfrutar con plenitud del instante culmen que se estaba fraguando abajo. Y lo peor era que ya no podía aguantar más. Sentía que había llegado la hora de largar materia.
No fue propiamente una explosión, sino que fui estallando poco a poco. Mientras lo hacía intentando no cerrar los ojos y despertar la posibilidad de estrellarnos, vi unas luces verdes que se agitaban a lo lejos. Levanté el pie del pedal. La aguja comenzó entonces a retroceder en la circunferencia plateada: 210, 190, 180, 160…Ya próximas aquellas luces, pisé el freno a fondo y alcancé a vislumbrar que se trataba de unos agentes de tráfico. Me indicaron que aparcase en el arcén.
La lumi se incorporó. “¿Qué pasa?, dijo mirándome con cara de extrañeza y restos del líquido seminal en las comisuras de la boca.
Ya en un reparo junto al arcén, uno de los agentes se nos acercó:

-Buenas noches, sople aquí –dijo dirigiéndose a la chica con un artilugio
-¿Por qué? –preguntó ella con tono disconforme
-Esto es un control de semen –afirmó rotundo el tipo mientras le acercaba la boquilla a los labios.

Ella se volvió hacia mi con una mirada ya totalmente desquiciada:

-Por culpa tuya –me acusó sin titubear-, me van a dejar sin puntos.
__________________
Yo soy bastante inseguro en todo caso y lo soy en todos mis asuntos; de modo que me limité a decirme, como tantas otras veces, que ésa era su gran ventaja sobre mí. Su intuición. Pues era de su intuición que surgía toda su seguridad. Y por eso era tan genuina y de espíritu tan despierto. Porque no estaba sobrecargada por las tradiciones de un mundo vetusto y sumido en sí mismo como lo había estado yo toda mi vida (La historia de mi mujer, de Milán Füst)
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  #2  
Antiguo 16-06-2010, 20:51
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Predeterminado Re: Noches De Amor Efímero

UNA SIMPLE LLAMADA

Lo he llamado hoy. Después de mucho pensarlo por fin me decidí, al fin y al cabo no tenía nada que perder. Pero cuando comenzó a sonar su teléfono estuve a punto de colgar. Sabía que se iba a dar cuenta, porque no tiene un pelo de tonto, de que mi llamada solo era una excusa para hablar con él, para oír su voz, para decirle sencillamente que estoy viva y sigo donde mismo.
Con idéntico trabajo podría él marcar mi número. Pero no. Este cabronazo no se acuerda de mí para nada. Como si no existiese. Cuando estábamos hablando por teléfono, o mejor, cuando él estaba hablando porque hay que ver la verborrea que tiene, he caído en la cuenta de que se me había notado demasiado la mentira que había esgrimido para llamarlo, de que él había percibido que estaba ante una llamada estúpida, y si no lo había deducido en el momento lo haría luego. He sentido entonces unas ganas irrefrenables de colgar, pero no sé cómo me he contenido. Pensé entonces que lo mejor era que yo me adelantase a la hora de cortar la conversación. Pero el muy cabrón parece que me ha leído el pensamiento y antes de que me pudiese dar cuenta ya me había dicho adiós.
Ya estoy harta. Dicen que “amar es pensar demasiado”, y yo estoy más que harta de pensar en este tío. Más, estoy harta de todo. Siempre me toca sufrir. ¿Por qué me tengo que enamorar de los que no quieren saber nada de mí? Salgo a la calle, apenas arreglada, informal, y no he puesto un pie en la acera que ya siento la mirada de todos los tíos que me voy cruzando. Podría hasta asegurar con los ojos cerrados de cuantos me cruzo quiénes son los que se vuelven a mirar mi culo. Pero este cabronazo, como si yo fuese transparente. De cuando en cuando un “niña, estás guapa hoy” y nada más.
Lo tenía que haber mandado a freír espárragos la última vez, cuando estuvimos en aquella fiesta. Todos los babosos haciéndose los simpáticos e inteligentes para echarse encima mía, y éste ni se inmutó. Y eso que estuve tonteando con el más guapo de aquellos energúmenos. Nada, como si yo no existiese. Y no es que el nene sea homosexual, que esas cosas se notan. Un cabronazo, eso es lo que es. Luego, la puta aquella tirándole los tejos, que todo el mundo se estaba dando cuenta, y el tío haciéndose el duro. Si yo le importara, hubiese cedido algo para darme celos, ¿o no? ¿Y si en realidad no hizo nada para que yo no pensara que realmente lo hacía para darme celos?
¡Díos mío! Estoy hecha un lío. Siempre me toca enamorarme de los tíos más imposibles. Pero, ¿de qué va éste? No es tan guapo, ni tan alto. Vale, igual con esa sonrisa y esa labia ha conquistado unas cuantas. Pero ya está. Estoy hecha un lío. A lo mejor está portándose así para que yo me encoñe de él. Igual el cabronazo se ha leído algún manual de esos para subnormales que pretendidamente enseñan cómo conquistar a una mujer. Hacerse el duro, el desinteresado, el “ahora me voy pero en realidad no me voy”. Cabrones. Claro que, si soy realista y de verdad lo está haciendo aposta para conseguir el objetivo, le está funcionando. No, esta vez no va a funcionar. Estáis apañados conmigo si esperáis que caiga. No tenía que haberlo llamado. Díos mío, en qué estaba yo pensando, con la de tíos que hay que saltarían de un avión con un paraguas solo por acostarse conmigo.
Pero este cabrón no me va a decir que yo no le gusto siquiera para echar un polvo. Sencillamente, no me lo creo. Con lo poco que necesita un hombre para excitarse y lo bien que estoy yo. Porque lo que está a la vista no necesita candil. Estoy pero que muy bien. Bueno, un poco más de tetas no me vendría mal. Pero este culo… ¿qué tío de los cinco continentes no se empalmaría con este culo? No, lo está haciendo aposta… ¿o no? Cabronazo. Te van a ir dando por ahí. Apañado estás si crees que te voy a volver a llamar. No quiero saber más nada de ti. Hazte la idea de que estoy muerta, punto. No me conoces bien, cuando yo digo hasta aquí llegué no hay vuelta atrás. Decidido. A la mierda los hombres. Son todos iguales. Unos cabronazos, eso son, unos cabronazos.
¿Y ahora? ¿Otra vez el móvil? ¿Quién coño será? A ver quién va a pagar el pato… ¡Dios mío, es él! ¡Y me está llamando! No, no puede ser cierto, se habrá equivocado. Pero entonces, ¿a qué espera para cortar? No, no se ha equivocado. ¿Qué querrá? ¿Cojo el teléfono? ¿Espero a que suene tres o cuatro veces para que no se crea que estoy desesperada? ¿Y si corta y ya nunca vuelve a llamar? ¡Dios mío! A ver…tranquila, seguro que el cabronazo se ha dado cuenta de que antes lo llamé con una excusa tonta, y ahora me devuelve la llamada con otra excusa. Lo que yo digo, todos son iguales, lo que quieren es llevarte a la cama. Este cabronazo no iba a ser distinto. Pues ahora no te cojo el teléfono, ahí te quedas… ¡Dios mío! Pero… ¿qué hago?
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Yo soy bastante inseguro en todo caso y lo soy en todos mis asuntos; de modo que me limité a decirme, como tantas otras veces, que ésa era su gran ventaja sobre mí. Su intuición. Pues era de su intuición que surgía toda su seguridad. Y por eso era tan genuina y de espíritu tan despierto. Porque no estaba sobrecargada por las tradiciones de un mundo vetusto y sumido en sí mismo como lo había estado yo toda mi vida (La historia de mi mujer, de Milán Füst)
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  #3  
Antiguo 18-06-2010, 21:19
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Predeterminado Re: Noches De Amor Efímero

LUNAS

Cuidado con el revolver que ya está cargado. Es un Smith and Wesson y ya lo he dejado huérfano, por esta parte podemos estar tranquilos. Y óyeme bien, no quiero que la vuelvas a cagar, ¿entendido? Aquí tienes el sobre verde con el dinero. Cuéntalo. ¿No? Jamás lo haces y es curioso porque tienes cara de desconfiado. Pero ese fue siempre uno de tus principales problemas, fiarte demasiado de la gente. Bueno, yo no te voy a engañar, el dinero no es mi problema, nunca fue mi problema. El nombre de la próxima tía que tienes que liquidar y las instrucciones van en el sobre rojo, cógelo. Sigue esas instrucciones al pie de la letra y no la vuelvas a cagar. Al pie de la letra. ¿Está claro o me vas a decir que lo de la última fue un desliz profesional? ¿Recuerdas? Perdiste los estribos y te dio por echar un polvo al fiambre. ¿En qué cojones estabas pensando? Todo el mundo sabe que los maderos tienen un coeficiente intelectual por debajo de la media, pero esas cosas dejan huellas y además crean un estado de ansiedad en la gente que no nos beneficia, ¿comprendes? No la vuelvas a cagar o será la última vez que lo hagas, ¿lo has entendido? ¿Qué coño te pasa? ¿Quieres ver tu foto en el telediario de las tres, o es qué no te pago lo suficiente? Te gastas todo el dinero en juego, en bebidas, en putas, eres un desastre. Mírate, ¿crees que tienes edad para ir por ahí de campeón de las noches gastando el dinero sin disimulos? Si a ti te da igual todo, a mí no. Me vas a meter en un puñetero lío como no hagas las cosas como es debido y eso no estoy dispuesto a permitirlo, ¿entiendes? Qué pronto se te ha olvidado todo lo que me debes. Ya no te acuerdas cuando viniste a mi desesperado, cuando tu propia libido no te dejaba dormir una noche tras otra y no encontrabas manera de acallarla. Ni Freud, ni Piaget, ni toda esa mierda que estudiaste en el campus te había servido para nada. O tal vez no. Tal vez si hubieses estudiado de verdad todos aquellos ladrillos hoy tendrías por traje una camisa de fuerza... Bueno, me da igual, tenías problemas y aquí estaba yo para decirte que eso no se arreglaba consumiendo tarros de pastillas sino disparando de cuando en cuando a una tía deseable con un buen revolver. Y de paso me solucionabas a mí otro problemilla con ciertas mujeres repelentes que le sobran al mundo. Hasta ahora esta sociedad ha funcionado, ¿no? Anda… abre de una vez el sobre rojo. Te vas a llevar una sorpresa, ¡ja, ja, ja! ¿No lo abres? Pues te adelanto ya de quién es el nombre que hay dentro: ese nombre es el de tu mujer, ¡ja, ja, ja! Sí, amigo. Ella lleva unos cuantos meses intentando convencerse de que tu cabeza necesita un peso extra para equilibrarse, ¿a que no lo sabías? ¡ja, ja, ja! Si hasta ahora no te lo ha puesto es porque ningún tío le ha entrado por derecho o porque hay mujeres que temen demasiado a sus propias conciencias. Pero ya sabes, si una tía quiere poner cuernos nada más tiene que desearlo un poco. Y además le sale gratis. Son todas unas guarras. Y la tuya es la más guarra de todas. Estando tan buena como está se va a hartar, ¿no te parece?, ja, ja, ja. Habrá que evitarlo de la mejor manera posible. Bueno, aunque en parte la compadezco. La pobre ni siquiera piensa ya en ti como un hombre que mínimamente le pueda dar lo que desea. Porque, seamos realistas, mírate bien, eres un ser cada vez más patético, y encima te estás quedando calvo. Eso hay pocas mujeres que lo perdonen, ¡ja, ja, ja! En fin, anda, quítate ya esa cara de sorpresa permanente y vete a cumplir con tu trabajo. Y no vuelvas a cagarla, ¿entendido? ¿Pero qué haces con el revolver, imbécil? ¿Te atreves a apuntarme? ¿Acaso me vas a disparar? Mira que eres un ser idiota… ¿Qué pretendes, convertirme otra vez en añicos? A ver cuando te enteras de que los espejos rotos traen mala suerte…
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  #4  
Antiguo 19-06-2010, 00:59
 Avatar de Marco_Palo
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Joder, señor Brito, muy buenos relatos y con grandes finales inesperados.

Enhorabuena, un placer leerte
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  #5  
Antiguo 20-06-2010, 03:52
 Avatar de Laura Intima
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Por favor, que miedo, que alguien le de su pastillita.
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  #6  
Antiguo 21-06-2010, 13:46
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  #7  
Antiguo 25-06-2010, 00:51
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Joder, señor Brito, muy buenos relatos y con grandes finales inesperados.

Enhorabuena, un placer leerte

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Gracias a vosotros por vuestro apoyo, me invita a seguir pero también me lleva a intentar hacerlo mejor cada día.

Un saludo.
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  #8  
Antiguo 25-06-2010, 00:55
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Por favor, que miedo, que alguien le de su pastillita.

Je, je...¿y por qué no un sobre rojo?

No creo Laura que sea aterrador el relato, eso sí que me costaría lograrlo. En general me cuesta escribir cualquier cosa en serio.

¿Y si todo fuera proponérselo?
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  #9  
Antiguo 03-07-2010, 18:41
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En el interior de aquí


Tener un solo ojo para ver el mundo no es tan grave. Lo es mucho más no encontrar algo que merezca la pena ser contemplado. Es cierto que nunca acabas de acostumbrarte a esto, la conciencia de que existe algo ahí afuera que deberías conocer y te estás perdiendo siempre vence a la resignación. Pero hay momentos en que pienso sino será precisamente resignación creer que las dos cosas más grandiosas del universo se asoman al agujero frío y oscuro de este pozo, y que yo tengo el gran privilegio de contemplarlas.
Una de esas cosas aparece por las noches, es el firmamento, y aunque sea sólo una mínima parte de él lo que yo pueda percibir, eso basta para calibrar todo lo que hiperbólicamente se le atribuye: su luz, su belleza, su misterio, su inmensidad, nombres genuinos de aquello que nos es imposible concebir de una manera exclusivamente física. Esta oportunidad lo es un tanto más debido a que el resto de la naturaleza apenas si llega hasta mí: si acaso, alguna vez el viento del otoño deja caer aquí dentro una hoja perdida, o el invierno un copo de nieve, la primavera trae algún abejorro alocado, o la brisa del verano acerca lejanos cantos de cigarras…, pero nada más.
Otro de mis privilegios suele darse ya de día. Se trata de una muchacha que cada mañana temprano viene a coger agua de este pozo. Todavía trae el pelo un poco enmarañado, cara de sueño, ropa de andar por casa. Un rostro y unos senos preciosos y esta forma de presentarse digamos tan pueblerina, te hacen soñar con una elegancia que sólo puedo percibir desde aquí como una sugerencia involuntaria.
Por las noches y con toda libertad le hablo a la Luna, a las estrellas, a la Vía Láctea, y lo hago porque necesito expresarme del algún modo, pero sobre todo porque nadie me escucha; por la mañana no pronuncio una sola palabra, ya que la muchacha podría oírme. Aún así, confieso que alguna vez he sentido la urgencia de llamar la atención de ella, decirle que estoy aquí abajo, lo feliz que me hace nada más viniendo a este pozo a recoger agua aunque sea por unos instantes al despuntar el Sol. Pero inmediatamente descarto tal idea. No, no sería bueno que me descubriese, se asustaría e incluso mi imprudencia podría llevar a hacer que el pozo se cegara y ya no pudiese volver a verla a ella ni al firmamento. No, me convenzo que es mejor así, que uno siempre trata de llamar la atención para ser aceptado o amado por los demás y que nadie quiere pasar por el mundo desapercibido porque eso es lo mismo que no existir. Y yo, que nunca necesité a nadie, no voy a claudicar ahora, es como tirar por la borda años de angustia, como si el pasado no hubiese llevado escrita una lección en cada una de aquellas páginas que un día se escribieron sin nuestro permiso.
La verdad es que, si soy sincero, es eso que llaman experiencia lo que me obliga a permanecer en la oscuridad. Porque es experiencia haber vivido una pequeña tragedia, aunque solo sea una. Fue cuando esta muchacha era pequeña. Cuando comenzaba a tener fuerza para tirar del cubo y subirlo hasta el borde del pozo. Lo recuerdo perfectamente. Todavía inexperta, lo lanzó tan violentamente al agua del fondo que la turbulencia llegó hasta las piedras en las que me hallaba escondido y me arrastró hacia abajo. Y con tan mala fortuna, que caí dentro del cubo. Y antes de que yo pudiese recuperarme, ya ella había izado el tiesto hasta arriba. Cuando quiso cogerlo por el asa me descubrió, dio un grito y soltó de nuevo la cuerda de manera que volví a caer en el fondo. Por suerte, pude reaccionar a tiempo y antes de que viniese alguien logré esconderme entre los musgos de las piedras. Llegaron sus padres, y después de mirar en el interior del pozo debieron de juzgar que la desesperación de la niña era cosa de críos y no le dieron mayor crédito al asunto. Pero en los días siguientes yo, desde mi escondite, podía percibir cada vez que aquella niña se acercaba al brocal la sensación de pánico y asco que sentía al extraer el cubo, como si el pavor y la tensión hubiesen alterado la rutina de su esfuerzo diario.
Pasaron años antes de que ella perdiese, ya mujer, el miedo a venir a por agua, y desde luego jamás lo hizo de noche. Al principio, yo tenía sueños agradables con ella. Sueños como aquél en que se asomaba al pozo y dejaba caer una flor dentro, y lo hacía sólo mi, porque había comprendido que al fin y al cabo yo también merecía vivir algún buen instante en la vida, que necesitaba un gesto como ese más que nada en este mundo para seguir viviendo. A fin de cuentas, recibir compasión era mejor que no recibir nada.
Pero aquellos sólo eran sueños, y hasta los sueños hace tiempo que me abandonaron. Todavía hoy, cuando contemplo a la muchacha algunas mañanas, percibo en su rostro cierto aire de repulsión, como si la noche anterior alguna pesadilla la hubiese agitado en la cama recordándole aquel lejano y triste instante en que me descubrió al izar el cubo.
No, es necesario que evite por todos los medios una situación tan desagradable como la de entonces. No quiero que ella pase de nuevo por esos momentos, que los miedos de la niñez la vuelvan a asaltar. Y, sinceramente, tampoco quiero sentirme otra vez despreciado por ser lo que soy y vivir donde vivo. Aprendí desde entonces a aferrarme a las piedras de este pozo, y a pesar de su oscuridad, de su frío, de su soledad, nada ni nadie conseguirá ni intencionada ni equivocadamente llevarme hasta arriba. Es la única forma de que lo único que aprecio de cuanto está ahí afuera siga existiendo dentro de mí.








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  #10  
Antiguo 19-10-2010, 01:07
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Vacío interior

Hubo un tiempo en que vivía del dinero que me proporcionaba el amor y también, por qué no admitirlo, enajenadamente enamorado de la mujer que sólo a mí se daba en cuerpo y alma. Sin embargo, en cuestiones del corazón ya hace bastante que mis relojes dejaron de relacionarse con ningún sueño, convencidos al fin de que el mañana nunca puede ser un pasado que retorna. Ninguna mujer duerme ni dormirá ya en mi cama, ni siquiera como parte de un compromiso o por deseo de supervivencia, como tal vez lo hizo ella; es más, siendo realista, ya mi teléfono jamás sonará para descubrirme que las cosas pueden ser de otra manera, todas las mujeres son definitivamente para mi extranjeras en el país trazado por mi vida cotidiana.
Hoy por hoy, mi único y agradecido recurso es procurar la quimera de la felicidad en un número casi aleatorio. En el mejor de los casos, llamaré a una desconocida a la que sólo veo en la intimidad de una habitación que siempre me resultará extraña. Todas las semanas necesito una dosis, no me importa que sea impostada, de amor. Y para eso nada como una mujer. Porque lo mejor que una mujer sabe hacer es suministrar amor. A su lado, los hombres somos torpes, pésimos imitadores. A lo más que alcanzamos es a volvernos locos de cuando en cuando por alguna de ellas. Locura transitoria, pasajera. Suele curarse con el tiempo, envejecer prematuramente, mutarse en agudo pasotismo. Somos gacelas de marchas rápidas y cortas. A la larga siempre dejamos enfriar el amor. Todos los amores.
¿Cuántas veces, por poner un ejemplo, nos hemos acordado de nuestras madres en el “Día de la Madre”? ¿Y cuántas sólo porque era ese día? Somos el genero canalla. Y yo, su más genuino representante, voy a la busca de ellas, de ese amor efímero que sólo ellas son capaces de dar, aunque sea teatral, fingidamente. Yo como casi todo hombre no tendría fuerzas para interpretar este papel ni un solo minuto. Donde con manifiesta cobardía me detengo, ellas arrancan su marcha, capaces de completar una hora con un tipo que tal vez le causen repugnancia. Y lo más asombroso es que la mayoría lo hace por un amor auténtico: amor a la vida, a un futuro planificado, a una familia, a unos hijos, a un tipo que no se merecen, a un hijo que tal vez cuando crezca no se acuerde de ellas en el “Día de la Madre”.
Son las diez de la noche. Vuelvo a casa. De camino hacia el parking me detengo ante los escaparates y proyecto mis pensamientos como una sombra sobre maniquíes, gafas de última moda, zapatos, objetos que van perdiendo sentido con el transcurrir de los años. Arranco el coche, conduzco abriendo las ventanillas para tratar de oxigenarme con el aire manso y fresco que me traen las calles desiertas. Es un requerimiento vital, casi absolutamente necesario, el día que no inflamo con ese aire mis pulmones me invade una ardiente sensación de ahogo. Regreso cargado con el rastro de un amor de escenario. En mi olfato llevo el recuerdo de un perfume suave y cálido; en mis oídos una canción agridulce; en mi cabeza una conversación que apenas rompió el muro que separaba dos mundos. Las palabras se agolpan queriendo huir hacia ninguna parte. Franqueo el portón de siempre, subo las escaleras de siempre, arrastro en cada peldaño la convicción de que cada vez me cuesta más remontar el regreso, y no puedo entonces evitar el deseo de escurrirme del mundo. Cada puerta que me voy encontrando encierra vivencias que inevitablemente envidio, gentes con problemas cotidianos, como acordarse de que hay que abonar el recibo de la luz o sacar al perro antes de acostarse, pensar lo que se hace de comer mañana o acabar de cambiar la bombilla del cuarto de baño.
Entro resignadamente en una gélida y oscura casa, no me espera ninguna luz encendida, ni me recibe ya una voz que pregona y dignifica lo cotidiano: “¿eres tú, niño?”. Nada. Silencio. Siguen las palabras bullendo en mi interior, van escapando hasta llenar el vacío de una habitación que sostiene un antiguo espejo donde aún puede leerse escrito con carmín “he salido a hacer un servicio”, otro testimonio visible de una historia que no los necesita.
Tumbado ya sobre la cama, miro al techo, y me quedo como absorto contemplando mi propio vacío interior. Por un momento me ha resultado esta habitación, mi habitación, tan extraña como esa en la que estaba hace apenas una hora.
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  #11  
Antiguo 10-11-2010, 00:50
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Basado en la realidad
(Sea lo que sea lo que quiera decir eso)


Para leer este relato aconsejo, que escuchéis de fondo la canción de Fancy, titulada Bolero. Os la adjunto de Youtube, luego minimizar la imagen para leer el relato. Pero sólo si os gusta la canción, y creo que cuanto más os guste más va a llegaros el relato. De no interesaros, podéis escuchar de fondo la música que más apropiada consideréis para un juego de miradas en una discoteca; lo que ocurre es que -cómo es lógico- su estructura no cuadrará con el relato, pues éste lo he compuesto pensando en esta canción.

Importante: para que encaje correctamente con lo que he escrito, es importante no empezar a leer hasta que no comience la voz, son 50 segundos desde el comienzo de la música.


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Paseando la mirada por la discoteca, el vaso de Whisky con naranja ya casi vacío, tropecé con los ojos de una piba que me miraban fijamente. Estaba acompañada por un tipo atlético, no muy alto, con pintas de “cuidado que llego yo”, y ambos conversaban con otra pareja, aunque ella parecía ajena a lo que allí se estaba hablando, como si se aburriese en medio de aquel grupo.
Le di otro sorbo al whisky y cambié de posición, aquella mirada me halagaba tanto como me incomodaba, no deseaba seguir un juego que no me iba a llevar a ninguna parte. Distraído, me había olvidado de la conversación de mis propios amigos y volví a entrar en ella. Decían que no había allí una tía que mereciera la pena, que lo mejor era largarse.

-Sí que sois delicados, aquí hay mucha tía apetecible –dijo uno de ellos.

“Éste, hasta con una escoba”, pensé mientras, inesperadamente, cuando iba a la barra a dejar mi copa vacía, tropecé en el camino con la mirada de la que antes había huido. Ella debió notar mi sorpresa. Y sorprenderme era, desde luego, lo menos que podía hacer ante su presencia. Aquellos ojos que de lejos casi me habían cautivado, de cerca me parecían la cosa más perfecta de la naturaleza. Brillaban en la semi oscuridad de la discoteca como las manecillas fosforescentes de un reloj. Y luego estaba el rostro que los enmarcaba, el cabello rubio, el cuerpo estilizado, parecía una musa de Bécquer o de Boticelli, de esos seres que llaman la atención incluso en los platós cinematográficos. Ahora, casi incordiante, aquella mirada fosforescente me asaltaba de nuevo. No cabía ya esperar que se hubiese ofrecido a otro, como acaso había especulado antes para no presentar la huida de ella como un acto de cobardía. Tal vez fuera una estupidez pero, ante aquella poderosa mirada, por un momento sentí como si toda la belleza del Universo me rindiese pleitesía.
Claro que no había que perder la cabeza. La calma me la proporcionaba el pensar que ella había llegado allí acompañada. No era el momento y, con la música a toda pastilla, tampoco el lugar más propicio para hacerse oír. “Necesito llenar esta copa”, me dije, y alcancé la barra con inacostumbrada ansiedad. Después de pedir otro whisky, descubrí que aquella necesidad no era más que una mera excusa para otra huida. “No es el momento ni el lugar”, me repetía una y otra vez intentando convencerme.
Mis colegas vinieron hasta mí, el alcohol comenzaba a inquietarlos más que la propia música.

-Pues no tío, nos equivocamos
-¿En qué nos equivocamos? –pregunté, ajeno ya a todo, como si una respuesta fuese a servirme para algo.
-Hemos visto una tía que merece la pena –dijo otro.
-¿Qué merece la pena sólo? –inquirió el de la escoba- es the woman, tíos, es the woman…
-¿Dónde? –pregunté simplemente por seguir una conversación que ya no me interesaba.
-¿Dónde?, te has cruzado con ella tío, estás ciego, ¿o qué? Allí está, mírala.
-
Todos miramos al unísono. Era ella. Allí estaba con los ojos brillantes como lunas irreales. Se me quedó otra vez mirando, fijamente, ni siquiera parpadeaba. Y ahora podía asegurar que era sólo a mi a quien dedicaba esa mirada. Parecía preguntarme en la distancia “¿a qué esperas, es que no eres lo suficiente hombre para venir hasta mí o qué? Sentí como la sangre me subía al galope hacia la cabeza y algo que no era el whisky me roció hasta quemarme la boca del estómago. “Esta noche vas a caer en mis brazos”, le insinué devolviéndole la mirada con la seguridad de Bogart en Casablanca. Ella dejó con mucha calma un vaso que tenía entre las manos, se meció el cabello y entre el humo de múltiples colores que flotaba en el ambiente se fue despacio y con un dulce contoneo hacia los lavabos, a unos diez metros, junto a la salida de la discoteca. No me lo pensé dos veces. Espoleado por mi propio corazón, me dirigí yo también hacia ellos y me quedé a unos pasos de distancia, quería cruzarme en su camino cuando saliese, aunque aún no sabía a ciencia cierta qué cosa era la que iba a decir o hacer. No importaba, había que intentarlo, aquellos ojos merecían la pena.
Sin apenas percibirlo, el whisky que llevaba en la mano se agotaba. La tensión acumulada me forzaba a beber alcohol como si fuese agua. Una canción de Fancy que me gustaba sonaba y me dije “Dios, que no se corte ahora esta canción, con la sintonía de moda las tías están más dispuestas a todo…, si el siguiente tema es una horterada me hundo, las horteradas no sirven para los momentos definitivos”.
“Definitivo”, esa era la palabra. El modo de abordar a una tía desconocida por vez primera era cuestión de suma importancia. El secreto era ser directo y decidido, pero pareciendo en todo momento espontáneo. Las mujeres aman la naturalidad en los hombres, lo afectado les provoca rechazo. Naturalidad, ser natural como un niño era el secreto, al fin y al cabo es un niño lo que en el fondo persiguen.

-¿Tienes un cigarro?

Una voz me distrajo de mi principal preocupación. Me volví. Era el tío que había venido a la discoteca con ella. ¿Marido, novio, amigo? ¿Qué importaba ahora eso? Me miró de arriba abajo, escudriñándome como un cirujano a una radiografía. No me alteré lo más mínimo, nadie podía saber mis intenciones.

-No, no tengo tabaco –le dije secamente –creo que venden en la barra.

El tipo se alejó, aunque pude intuir que no se había ido a ningún sitio, sino que seguía en alguna parte detrás de mí, como si me estuviese vigilando. No me inquieté, justo al volver la mirada hacia los lavabos ella salía en otra dirección, iba ajustándose el traje, pues sus anchas caderas no habían dejado que cayese a su sitio. Más decidido que nunca, me fui para darle el encuentro. Noté como su acompañante venía en pos de mis pasos, yo los aceleraba y el intentaba alcanzarme. Fue una especie de disputa animal para conseguir a la reina de la fiesta. Llegué el primero y la toqué suavemente en el hombro. Ella volvió sus ojos hacia mí, y sin dar siquiera tiempo a la sorpresa la besé directamente en los labios.
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Predeterminado Te amo

El beneplácito más deseado en este mundo es ese de alguien que aprueba tanto nuestra forma de ser que está dispuesto a soportarla durante toda su existencia. Y las que más lo buscan son esas personas inseguras de sí mismas, esas que poseen un criterio de sí mismas demasiado pobre, las que no se soportan, las que llevan la autoestima por los suelos. Viven suspirando por cruzarse con alguien que les jure adoración eterna, están anhelando constantemente oír un “te amo”, frase mágica para descubrir que después de todo esta vida no las ha tratado tan injustamente como creían. Si el orgullo lo permite, estas personas llorarán a la primera de cambio convencidas de que todo el amor que contiene su corazón ha encontrado por fin una salida para encauzarlo. Suelen enamorarse estas personas de ciertas criaturas bellas o encantadoras, con fuerte carácter o con mucho dinero. Criaturas que por una razón u otra son o parecen ser, o han de ser, no sólo aceptadas gratamente por la sociedad, sino de alguna manera dueñas de la vida que se desarrolla bajo la cutícula imperceptible y farsante de esa sociedad que los seres enamoradizos no toleran. Se diría que enamorarse para estos no es otra cosa que admitir que no pueden sobreponerse al espanto de habérselas con la gente que se van topando a cada paso en la vida. Por esto suelen enamorarse de criaturas que no dicen “te amo” a cualquiera, y a quien se lo dicen es por sobradas y justificadas razones.
He de reconocer que me descubrí a edad temprana siendo una de esas personas enamoradizas. Enamorado cada dos por tres de esos seres a los que la naturaleza pareció otorgarles el don de no necesitar a nadie para existir, de dominar las situaciones con su sola presencia, de hacer mágico el más cotidiano de los momentos, el más aburrido de los espacios. Amores y amores, iba saliendo una mujer de mi vida y entraba otra, y siempre eran bellas, o tenían carácter o simplemente poseían la belleza que otorga la buena ropa, el buen perfume, el peinado de las fiestas exclusivas. Y tan pronto descubrí esto como descubrí que era incapaz de conquistar a cualquiera de esas mujeres a las que tanto deseaba. Porque la timidez iba de la mano del orgullo. ¿Acaso timidez no proviene del verbo latino “timeo”, que quiere decir “temor”? Y efectivamente, timidez es acobardarse ante la gente. Si te enamoras de alguien le concedes a esa persona poder sobre ti. Y el poder suele descubrir la cara a los cobardes, porque con uno solo de sus actos el poder puede amargarte un momento, un día o toda una vida. Y cuanto más enamorado estás, más poder posee esa persona de la que te enamoras de amargarte la vida y más valor necesitas para afrontar la situación. Precisamente, porque yo no era ningún valiente, amaba siempre desde la sombra y el silencio, y después de un ciento de veces de enamorarme descubrí que amar y amargura eran la misma cosa.
Imposibilitado para amar a alguien sincera y profundamente, me dediqué a buscar mujeres bajo pago. Frecuenté clubs nocturnos llenos de luces rojas y viejos verdes, de humo de tabaco rubio y perfumes masculinos baratos, lugares en los que siempre había una escalera que conducía a un pequeño y sórdido paraíso y cuyos peldaños no siempre se remontaban en las mejores condiciones. Sábados noche esa era mi diversión mientras otros sólo bebían como descosidos y bailaban como chamanes locos. Allí tercié con mujeres de todo tipo y condición: mujeres jóvenes, menos jóvenes, guapas, feas, altas, bajas, gordas, escuálidas, culonas, tetonas, biplanas, enclenques, parladoras, monosilábicas, sinceras, mentirosas, educadas, inteligentes, tontas, bajunas, honradas, ladronas, solteras, casadas, preñadas, morenas que se veían a sí mismas como Rita Hayworth, rubias que se creían Marilyn Monroe, pelirrojas que deseaban emular a Julia Roberts; allí me dejé cosas que ya nunca volví a recuperar: el dinero, la inocencia, un reloj de oro estúpidamente olvidado, una cruz de plata estúpidamente obsequiada, una chupa de cuero que compré en Campillos, un jersey de lana que amorosamente me tejió mi madre, unas botas de Valverde del Camino, no sé cuantos calcetines, no sé cuantas camisetas de algodón y algunos que otros calzoncillos. Cierto que alternar con aquellas mujeres no me proporcionaba lo que realmente yo quería, pero sin que apenas me diese cuenta y a base de vivir tan mundanamente yo me estaba convirtiendo en un hombre de mundo. Nadie sabe más de la vida que esas personas que tercian constantemente con otras personas, sobre todo si estas les cuentan sus verdaderos problemas. Por eso los auténticos filósofos trabajan como camareros de garitos nocturnos, son enfermeras a destajo, policías de paisano, curas en parroquias de barrios marginales. Yo no lo percibía, pero a mi alrededor las otras mujeres que me iban conociendo intuían en mi cierta sapiencia en lo relativo al cómo y cuando se debe tratar a las personas. Las mujeres más extrañas me hacían así ver como seres normales a las mujeres consideradas normales; las mujeres más supeditadas a los demás desposeían de su altivez a las que se consideraban más independientes. Ser sociable es la mayor de las seducciones. Pude permitirme entonces el lujo de escoger entre todas las que me rodeaban. Yo no deseaba cualquier mujer, no había llegado hasta allí para eso. No deseaba a una que me dijese “te amo” porque necesitase justificar su vida, porque me viese como su tabla de salvación en el frío océano de su familia, de su ciudad o de su cotidiano aburrimiento. No deseaba, en definitiva, alguien que me recordara a mi mismo. Quería a una mujer bella y que me atrajese sexualmente sí, pero también con dinero y clase, una mujer que pudiese elegir a cualquier hombre y sin embargo me eligiese a mí.
Así fue como conocí a Jane A. Fue en la presentación de no recuerdo qué libro sobre Toulouse Lautrec. Era alta, muy hermosa, rica, educada y trabajaba como restauradora de arte en el museo Thyssen-Bornemisza. No tardamos mucho en percibir que existía una atracción mutua. Al poco acabamos en la cama, el lugar donde se decide la segunda batalla. Allí triunfé como no podía ser menos después de años de carrera. A la tercera semana me dijo que era el hombre de su vida. Fue una felicidad incontenible que acabó en boda con langostinos de Sanlúcar, Dom Pérignon y Cohiba Robusto. Todos nuestros amigos, los más cercanos y también aquellos que sólo veíamos en los eventos sociales, no daban crédito a sus ojos. Una mujer tan hermosa, tan deseada, con un tipo que no le llegaba a la altura de los zapatos. Yo paseaba por la calle con Jane de la mano, y advertía cómo la mirada de la gente se posaba sobre nuestros cuerpos y cómo mucha de esa gente permanecía incrédula ante lo que estaba viendo. Fui un tipo envidiado en la medida en que se cuestionaban mis méritos como hombre. En un pub, en una discoteca, apenas me iba a los lavabos o adonde fuese Jane tenía al poco a sus pies un baboso intentando conquistarla. Yo volvía y la descubría de tal guisa, encastillada tras un intento de asalto de alguno para el que la valentía no servía absolutamente para nada, y gozaba con aquella escena, y observaba con delectación cómo ella era incapaz de mandar educadamente a nadie a paseo. Ella me devolvía la mirada, y entonces no tenía por qué acercarme para rescatarla, sino que se venía hasta donde yo estaba como un perrito. Era así, nunca se quejaba, jamás me alzaba la voz, jamás, ni siquiera en los días menstruales me incomodaba con ninguna salida de tono, respirar aire puro en pleno campo era más dañino que convivir con ella. Sí, Jane lo tenía todo, belleza, personalidad, dinero, inteligencia, bondad. Todo, menos una cosa. No poseía carácter. Al principio, obnubilado porque aquel pedazo de hembra me dijese “te amo”, eso no me importó un ardite. Pero con el tiempo, comencé a preguntarme si no estaba junto a un ser artificial con un corazón programado para amar a un tipo como yo. Nada de todo lo mío la fastidiaba, ni aún las cosas mías que por irritantes me irritaban hasta a mi mismo. Cada acto que perpetraba estaba bien porque llevaba mi firma, y cuando me quejaba de alguien acababa por perturbarse ante la presencia de ese alguien. Ahora pienso que comencé a detestar a Jane porque no entendía cómo nadie podía amar a un ser como yo tan incondicionalmente. Cómo, si yo apenas me respetaba a mi mismo, podía existir una persona que lo hiciese hasta ese punto. En este aspecto, al principio pensé que su propio mérito jugó un papel muy importante. Porque me parecía que valía mucho como mujer y yo no podía pasar por alto que alguien que podía estar con cualquier hombre fuese tan estúpida como para colgarse tanto de mi. Tal vez hubiera algo de cierto en esto, pero también he de decir que el hecho de no descubrir en ella una mota de carácter me hizo cuestionarme mi propio concepto del valor en las personas. En realidad, si al principio estaba convencido de que para un ser esencialmente machista como yo ella podría ser la mujer ideal, luego deduje que acabar unido a este tipo de mujeres era lo peor que le podía ocurrir a un machista.
Volví a buscar el sexo de pago. Las cosas habían cambiado. Ya no eran los clubs nocturnos la única oportunidad para yacer con una mujer. Ahora, a través de Internet se podía concertar una cita con cualquier hembra en cualquier lugar del mundo. Mujeres que vivían en pisos amplios o que me esperaban en la habitación de un gran hotel cubiertas con lencería de Victoria´s Secret y perfumadas con Caron´s Poivre o Channel nº 5, mujeres con verdadero carácter y personalidad, que trabajaban por amor al placer y al dinero, que se vendían caras conscientes del deseo que encendían a su paso, pero mujeres a las que nunca diría “te amo”, ausente la certeza de que un sentimiento mutuo no fuese pura necesidad de salir de un mundo que exigía demasiados sacrificios. Tal vez alguna se dejaba caer con una frase del estilo “podríamos viajar a París juntos” u otra nimiedad por el estilo, pero eso ocurría siempre al comienzo o al final de cada sesión amatoria. Yo les seguía la corriente, y dejaba que las palabras fuesen cayendo en el saco roto que llevaba a cada encuentro.
Hubo muchas noches en que llegaba bastante tarde a casa. Allí siempre me esperó Jane, acostada, pero nunca me convencí de que dormía por más que ella lo disimulase. Aún así, jamás se alteró lo más mínimo, no obstante intuir el sentido que tenían mis salidas nocturnas. En el fondo, estaba deseando que ella estallase y me dijese a viva voz la clase de bazofia que yo era. Pero no, prolongó su silencio, y yo seguí buscando sexo con otras, a pesar de que ninguna de las mujeres con la que me acostaba le llegaba físicamente a los tobillos. Bueno, después de todo era su fuerte carácter lo que me llevaba a buscarlas, y si alguna vez me tropezaba con alguna que me recordase a Jane, maldecía a los demonios y daba la noche por perdida.
Pero tanto deseé que llegase aquel momento que al final lo hizo. Una noche volví y me la encontré en el salón sentada frente a la chimenea. Con seriedad inusitada y la serenidad de siempre se levantó y, dando rienda suelta a un sentido del humor que normalmente procuraba reprimir, me dijo sin más:

-Te mandaría a la mierda, pero me temo que allí te iban a recibir como a un hermano.

Yo le repliqué que ese más o menos era el punto donde estábamos y que sin más demora iniciaría los trámites para el divorcio. Y Jane, en lugar de mantenerse en sus trece, reculó y comenzó a llorar y pedirme perdón. Estaba claro que yo podía haber seguido llevando aquella vida plácida que disfrutaba de una mujer sumisa en la casa y decenas de lobas en otras camas. Pero al arrepentirse de su súbita rebeldía, ignoraba ella que lo último que iba a admitirle era semejante claudicación. Acaso lo que todas las personas inconscientemente buscamos es que nos amen por debajo de nuestras expectativas. A lo mejor por eso yo no la amaba, a lo mejor por eso ella sí me amaba. Y a lo mejor por eso escribió Salinger o quien quiera que fuese antes de él que siempre nos enamoramos de la persona equivocada. Aún así, me dio verdadera lástima alejarme de ella para siempre, porque aunque el mío fuese un amor fraternal al fin y al cabo era amor. Cosa previsible, ella lo pasó francamente mal, estuvo visitando a varios psiquiatras, me llamaba constantemente, a veces me iba a buscar al trabajo…Todo hasta que le pedí un día que me dejase en paz de una vez si no quería que la denunciase por acoso.
Después de aquello frecuenté a las mujeres de pago más que nunca. Me había quedado con buena parte de la fortuna de Jane porque hasta en el divorcio había sido generosa, y me dediqué a recorrer el mundo buscando a las más solicitadas, que eran también las que solían poseer más glamour y cuerpo. Cierto que ninguna era tan espectacular como Jane, pero el hecho de programar y realizar viajes de horas y días para visitarlas ya me entusiasmaba. Yo consultaba en foros sobre el particular, leía comentarios y opiniones, seleccionaba siempre a las mejores y nunca me importó la distancia ni el precio.
Un frío día de febrero en que la lluvia me hundió en la tristeza y me hizo desear una compañía femenina, marqué un número recomendado por cierto ejecutivo sin rostro y con buena ortografía. Aquello dio paso al ritual de siempre: la ducha, el perfume de Calvin Klein, la cartera Christian Dior, la Visa Oro, el Maserati GTS negro, el metro, el portero automático o autómata, el ascensor, la puerta que se abre silenciosa y expectante…Y apenas cerrada, ¡sorpresa! Allí estaba la mismísima Jane A con unos mini shorts y una sonrisa que la hacía parecer una extraña. Me hizo pasar a una alcoba tras de sus impresionante nalgas, yo estaba totalmente bloqueado, prácticamente fue ella la que me desnudó y lo hizo todo, y confieso que me fue harto difícil a pesar de su deseable cuerpo y de sus caricias y besos actuar como un hombre. A la media hora, sin salir de mi asombro me abrió la puerta diciéndome lo que en ese punto acostumbraban todas, “vuelve cuando quieras”. Fue entonces cuando comencé a echarla de menos. No a enamorarme, que eso vino después, al tiempo que descubrí que amar a una persona, decirle sinceramente “te amo” es estar dispuesto a correr por sus venas para explorar todo su fondo y habitarlo para siempre. Lo demás es convivir con los monstruos microscópicos de la epidermis.
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Antiguo 26-12-2010, 20:45
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El beneplácito más deseado en este mundo es ese de alguien que aprueba tanto nuestra forma de ser que está dispuesto a soportarla durante toda su existencia..

Última edición por arturo brito; 26-12-2010 a las 20:54 Razón: Borrar duplicado
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Hoy temprano, tras despertar, me he quedado como cada mañana observándote unos minutos. Tú seguías con los ojos cerrados, y yo no sentía esa respiración tuya profunda de otras veces, como si estuvieses durmiendo el último y plácido sueño de la noche. He paseado mi mirada por tu rostro, fijándola en tu piel blanca y suave, en esos grandes párpados que se prolongan en largas pestañas negras, en los labios finos y sensuales, en la nariz recta y prominente que me recuerda a cierto autorretrato de Alberto Durero. Y me he preguntado cómo tuve la suerte de conocerte y de que acabases queriéndome.
Al igual que todas las mañanas, pienso cuánto y como te amo, y maldigo esta forma de ser mía que me hace, aún deseándolo, evitar decirlo en voz alta, aunque para ello tuviese que despertarte. Sé que lo agradecerías porque, cuando te beso, siempre me preguntas “¿de verdad me quieres?”, y te quejas de que nunca salga de mí el decírtelo, si acaso un “yo también te quiero”, que no es lo mismo porque parece como si te estuviese devolviendo un billete prestado.
La mayor de las debilidades en que incurrimos está en el deseo desmesurado de aparentar fuerza. Odio esta debilidad mía que vuelve inconfesables mis sentimientos más profundos e importantes. Si supieses cuánto pienso esto cuando no estás... Las noches en las que te has ausentado y he dormido solo desprendían un insoportable olor a niñez de días grises y sin compañeros de juegos. Y es que resulta curioso cómo una sola persona nos puede proporcionar toda la compañía que necesitamos. Sé que suena a tópico, pero no me importaría perderme en una isla deshabitada siempre que fuese contigo. Y en esta ciudad, en este mundo abarrotado de miles de millones de seres humanos, y quién sabe cuántos animales, cosas de todo tipo, diversiones de toda índole, bajo un cielo desbordante de estrellas, estoy solo, tremendamente solo, si no estás tú. Porque cuando no estás, el mundo es un escenario, un paisaje efímero sin sustancia y sin sentido. Tú justificas el Universo, y sólo cuando tú abres los ojos cobran vida los seres y las cosas que me rodean.
Ardo en deseos de darte un beso, pero no, no quiero despertarte. Me conformo con rozar tus pies. Sabes que no me gusta que duermas con calcetines. Entiendo que no lo puedas evitar porque los pies se te quedan helados. Sin embargo, prefiero sentir antes el roce de tu piel fría que ese algodón que no es más que una sustancia impersonal. Excepto cuando no estás en casa, entonces todo lo tuyo –aunque nunca te complete- es una parte de ti que me has dejado para consolarme. Te cogería la mano, pero... ¿por qué las mujeres tienen siempre las manos tan frías?
Están llamando a la puerta. Últimamente, lo hacen muy a menudo. Si siguen así acabarán por derribarla. Y eso que estoy harto de decirles que se vayan, que estás durmiendo y te van a despertar. ¿Lo ves? ¿Ves, cariño, como estoy dispuesto a protegerte? Tú nunca lo has creído. Nunca te has convencido de hasta qué punto te quiero. Pero hoy voy a confesarte una cosa. Llevo tres días dándole vueltas en mi cabeza y por fin me he decidido. Si tú, amor, abrieses ahora mismo tus ojos, esos ojos que llevan ya tres días sin abrirse, yo te gritaría “te quiero” una y otra vez, hasta que me dijeses “¡basta!”.

Última edición por arturo brito; 13-03-2011 a las 14:12 Razón: Tamaño letra
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Antiguo 09-11-2011, 14:38
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Predeterminado Noche de difuntos


Ha sonado el tono de mensaje en el teléfono. Sale del cuarto de baño y lo abre mientras la lluvia se estrella contra los ventanales del apartamento. Es Ricardo, le dice que la espera a las 11 de la noche. Estupendo, aún tiene una hora para llegar. Frente al espejo, un repaso al carmín de los labios, una pestaña perdida que tenía bajo el ojo derecho que aparta con delicadeza, dos pasadas del pulverizador de Tresor de Lancome -el perfume para las noches de adrenalina-, la melena rubia bajo un pañuelo, un gesto para ajustar el vestido rojo que le remarca las formas, adquisición perfecta porque “una mujer no debe salir a la calle con un vestido que no subiría nunca a una pasarela”. Entonces, de golpe, se pregunta por qué tanto arreglo para verlo a él. No lo necesita, no debe hacer eso, por mucho que quiera convencerse de que forma parte de su trabajo. Abre el bolso para introducir el Smith and Wenson M 29 de 4 pulgadas después de comprobar que en el tambor aún queda plomo. “Éste va a ser el tercero de este año”, piensa mientras se calza los zapatos de tacones y se da un último vistazo en el espejo del recibidor. Abajo, en el aparcamiento del edificio, le espera el Mercedes SL 55 negro. Entra en él, lo arranca, conecta el aparato de música, suena una canción de los Kinks, “Property”, su canción preferida para las noches en ruta.
A la llegada al apartamento donde vive Ricardo, después de esperar unos minutos a que amaine una lluvia que parece obstinarse en frustrar aquel encuentro, descubre la puerta abierta. Entra, cierra, todo está patas arriba, sillas por medio, chaquetas y camisas dejadas caer en cualquier sitio, ceniceros llenos de colillas, papeles arrugados y tirados en el suelo junto al Wall Street Jounal. Sólo el viejo y lujoso reloj de pared parece estar en su sitio, el resto da la sensación de caos y por un momento ha sentido la necesidad de poner un poco de orden.

-Encima de la mesa de cristal tienes el sobre con el dinero –ha informado Ricardo alzando la voz desde el dormitorio, donde la ha esperado las dos últimas veces.

Ella echa mano del sobre y lo guarda en el bolso, no necesita contarlo, Ricardo siempre fue incapaz de engañar a nadie, ni siquiera a una mujer que lo merecía. Luego se deshace del pañuelo mojado y se desnuda, sabe que él la espera ya preparado para recibirla en la cama. Se queda en ropa interior y con los zapatos puestos.

-Tienes una cocacola en el frigorífico –le ha dicho Ricardo todavía antes de que ella pasase a la alcoba.

“Tan detallista como siempre”, ha pensado ella. Saca el refresco, lo abre y le da un trago largo. Se lo lleva al dormitorio. Allí está Ricardo, tumbado y desnudo sobre las sábanas de la cama. Ella entra contoneándose como lo hacían las mujeres de antes, mucho más femeninas, sabe que a él le gusta así. Se da una vuelta y luego se descalza y gatea sobre la cama para comenzar a besarlo, mientras él la recibe con una pasión acelerada, como si hubiese estado esperando este momento muchos años. Aún así, ha sido una larga follada. Después de haberse acostado en tres ocasiones con Ricardo, él parece haberle adivinado las cosas que más le gustan en la cama, y ambos han disfrutado olvidándose de todo. Luego él ha encendido un cigarro y arrullados han hablado de cosas insustanciales, anodinas, frases que surgen con la vocación de ver pasar el tiempo, como las de dos extraños en una parada de autobuses. Cuando el cigarro ha llegado hasta la boquilla, Ricardo lo ha apagado en el cenicero de la mesita de noche, despacio, meticulosamente, parecía convencido de que aquella era la última acción de su vida.

-Ya es la hora –ha dicho finalmente mirando su reloj de pulsera después de un minuto de silencio en que parecía esperar a que el humo se disipara.

Ella se levanta tratando de aparentar calma, aunque los nervios la devoran por dentro como si jamás se hubiese enfrentado a una situación parecida. Alcanza el bolso que ha dejado en el salón y saca el revólver. La lluvia que suena contra los cristales parece extrañamente distinta. Se detiene a contemplar una foto de Ricardo sonriente que con su mujer preside la estancia, los dos el día de la boda en un parque que no conoce y cuyo nombre ya no llegará a averiguar . Él resultaba mucho más atractivo que ella. En verdad ella no vale mucho. Con la de mujeres que hay en el mundo, vino a caer en manos de la peor. También hay hombres que no tienen suerte ninguna, como la mayoría de las mujeres.

-Esta bala no tendría que ser para ti –le ha dicho ella después de volver al dormitorio con el Smith and Wesson en la mano. De nuevo se contoneaba como las antiguas actrices.

Ricardo se le queda mirando en silencio:

-Espera a que el reloj comience a dar las doce –ha solicitado con su voz amable después de unos segundos.

Con ambas manos, ella levanta el arma despacio y sin decir nada. En verdad no se le ocurre nada que decir. Apunta a la cabeza, mientras él la mira fijamente y sin pestañear, sin inmutarse.

-Te equivocas –ha proseguido Ricardo-. Yo no merezco la pena al lado de ninguna mujer, sólo que algunas tardan más en darse cuenta que otras.

Por un momento, ella siente más necesidad de abrazarlo que de matarlo. Entonces recuerda una frase de Julio Cortázar que se le quedó grabada en la memoria: “Ser valiente es siempre más fácil que ser hombre”. En el reloj de pared han comenzado a dar las doce como si fueran las campanadas de un entierro.
__________________
Yo soy bastante inseguro en todo caso y lo soy en todos mis asuntos; de modo que me limité a decirme, como tantas otras veces, que ésa era su gran ventaja sobre mí. Su intuición. Pues era de su intuición que surgía toda su seguridad. Y por eso era tan genuina y de espíritu tan despierto. Porque no estaba sobrecargada por las tradiciones de un mundo vetusto y sumido en sí mismo como lo había estado yo toda mi vida (La historia de mi mujer, de Milán Füst)
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