“El final del verano, llegó y tú partirás, tatatachan, tatatachan…” En muchas de las parcelas del camping se oía esta canción a mediados de septiembre. Muchos volveríamos algún fin de semana de otoño, si hacía bueno, pero para muchos la despedida era permanente y, por aquel entonces, dolorosa y trágica. Mi novio y yo nos dimos los teléfonos – fijos, claro- para avisarnos cuando nuestros padres decidieran ir un fin de semana y poder volver a vernos.
Como en otra dimensión empezó el curso escolar y también entonces noté el cambio en el trato de los chicos. De repente ya no era transparente. Los chicos del curso superior me invitaban a jugar al rescate – ese juego que consistía en correr delante del que la “pochaba” para que no te pillara y esquivarle para salvar a los compañeros a los que había dado alcance – y en vez de darme un leve toque me agarraban y me iban toqueteando hasta ponerme en la fila de los “prisioneros”. Dejé de jugar con ellos, pero los manoseos no cesaban. Una mañana me harté y le hice saber a un par de abusones que aquello no me gustaba. Me expulsaron dos días y me dijeron en una reunión con mi madre delante que de una patada tan fuerte en los testículos podía hacer algo muy grave a mis compañeros.
- “Pues que la dejen en paz, así aprenden” – contestó mi madre que de testículos tampoco andaba escasa.
Al volver, mi "hazaña" había recorrido clases y patios y yo era casi una leyenda. Todo el mundo murmuraba, los chicos me huían y las chicas más solicitadas se escudaban pegándose a mí en los pasillos. Pronto tuve dos compañeras amazonas que, si bien no llegaban a mi nivel castigador tenían buenas y rápidas manos abofeteadoras. Eramos guapas, poderosas y creíamos poder caminar sobre las aguas.
Encontré una nota en mi mochila al volver de un recreo: “Se que eres imposible, pero a mí me gustas muchísimo” Escribí en la pizarra: “No hay nada imposible si tienes el valor de intentarlo” Sonó la sirena, iba a levantarme y me encontré con los ojos verdes más increíbles que había visto nunca. Pertenecían a uno de mis compañeros desde hacía 5 años y era la primera vez que le oía hablar para algo que no fuera contestar las preguntas de los profesores:
- ¿Y... haría falta mucho valor para pedirte que me ayudes con el inglés después de clase?
Sonreí y quedamos para ir a su casa al día siguiente.
Cita:
Empezado por amigasintimas[Sólo los usuarios registrados pueden ver los enlaces e imágenes. ] ... “No hay nada imposible si tienes el valor de intentarlo”...
Puffffffff
...
Sigo pensando lo mismo...muchas veces da resultado y, por lo menos, lo has intentado.
¡Genial, Laura! ¡Qué bien escribes! No es peloteo, realmente comunicas muy bien; es muy fácil leer tus relatos. Tómate tu tiempo pero, por favor, continúa.
Cita:
Iniciado por amigasintimas
- ¿Y... haría falta mucho valor para pedirte que me ayudes con el inglés después de clase?
Sonreí y quedamos para ir a su casa al día siguiente.
O sea, que también ;) se te da bien el inglés. ¡Qué chica más políglota!
¡Cómo molan tus relatos! Me suenan hasta familiares.
En una ocasión, un amigo de voz aflautada nos contó al resto de la panda cómo una chica morena le levantó la tapa de los güevos con un patadón mientras jugaban al rescate en el patio del colegio. A pesar de la sutil advertencia, le estaba muy agradecido a la damita porque gracias a la lesión irreversible logró un puestazo en el coro de barítonos del Real años después.
¿No recordarás por un casual cómo se llamaban tus compañeros de juegos?
(Por Tutatis, menos mal que has cambiado un poquito tu trato con los chicos)